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Bertrandt de Got – Por Luis Ortega

   

En primavera escribí de un pontífice coronado con una tiara de cartón en la Catedral de Venecia y lo hago ahora de otro que pasó a la historia por decisiones graves -como la proscripción y el exterminio de los templarios y el traslado de la sede apostólica a Avignon- y por la imposición de esa triple corona, prenda de carácter simbólico y estético. Hasta que la abolió Pablo VI en 1963, se usó sin interrupción durante seiscientos cincuenta y ocho años por sesenta y seis papas y media docena de antipapas, unos admitidos y otros rechazados por la Iglesia. Bertrand de Got (1264-1314) estudió en Orleans y Bolonia, fue coronado en Lyon en 1305, después de once meses de sede vacante, con la Triple Corona y entronizado en la Silla de Pedro con el nombre de Clemente V, con asistencia de Felipe IV. Elegido entre disputas entre cardenales italianos y franceses, se rodeó de compatriotas, anuló sentencias vaticanas contra el monarca y le secundó en las falsas acusaciones de herejía y en la bárbara persecución de la Orden del Temple -que le permitió eludir sus enormes deudas- y en la masacre posterior. Todos estos crímenes fueron legalizados con bulas que afrentaron “a la verdad, la justicia y el buen sentido” y con el viciado Concilio de Vienne que en 1312 decretó la definitiva supresión de los custodios de los Santos Lugares. Popularizó la tiara como metáfora de su poder -cuando era un mero lacayo del monarca galo- y en sus nueve años de pontificado apenas se pueden anotar resultados pastorales y, a nivel cultural, sólo se le reconoce el Liber Clementarium, compilación de derecho canónico. Participó activamente en la búsqueda y detención en 1307 del último Gran Maestre, Jacques de Molay, acusado de “sacrilegio, simonía, herejía e idolatría”; después de terribles torturas, prolongadas en el tiempo, le arrancaron una confesión de la que, más tarde, y en gesto de valentía, se retractó. Fue quemado vivo el 18 de marzo de 1314, frente a la Catedral de Notre Dame de París pero, antes, profetizó que los responsables de los crímenes contra los caballeros templarios darían inmediatas cuentas a Dios. “La desgracia se abatirá contra aquellos que nos han condenado sin razón. Traidores a la palabra dada, a ti, Clemente (dijo señalando al amedrentado papa) te emplazo antes de cuarenta días; y a ti, Felipe (encarándose con el rey), en este mismo año”. Efectivamente, el pionero de la tiara falleció el 20 de abril de hace siete siglos, y el soberano, doscientos veinticuatro días después, el 30 de noviembre, domingo como hoy, durante una cacería.