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Brigitte Beier – Por Luis Ortega

   

Entre funestos recuerdos y esperanzas audaces, el abstracto nació como una reacción airada a la desolación y el cansancio de entreguerras; pateó las puertas de la nueva era y aspiró a plasmar el alma de una sociedad futura y, contra pronóstico, coexiste hoy con las expresiones de los genios y los movimientos que, con más o menos arraigo, surgen como esporas raudas en los tiempos oscuros. Cumple años con buena salud y con las manías de los mayores que, ajenos al calendario y a los vientos de la moda, sostienen una rebeldía que, paradójicamente, tiene alientos y perfumes clásicos. No hay nada más común y necesario que la pasión plástica que da latido y cuerpo -esto es: fuerza y materia- a la esencia secreta de las cosas y prescinde del viejo y recurrente ejercicio de copiar meramente su apariencia. Con más de cincuenta muestras entre individuales y colectivas y premios en certámenes europeos, Brigitte Beier, que conoció Tenerife en 1976, tiene vocación y genio para prescindir de las reglas -incluso aquellas que intentaron gobernar las manifestaciones más espontáneas- y se guía por el credo no escrito que elude la interpretación del contenido para salvar, y enfatizar, el efecto sensual inmediato; para ceñirse a la bidimensionalidad y límites del soporte, sea cual sea su dimensión; para la reducción de todos los aspectos formales en beneficio de la superficie cromática; para rechazar todo recurso anecdótico en aras de la pureza del lenguaje; para definir la obra como estructura, como un sistema orgánico cerrado en sí mismo, como una entidad absolutamente autónoma; en suma, para hacer de la literalidad el valor fundamental en busca de un arte interesante mas allá de cualquier alcance o código expresivo. En este nuevo encuentro con el público tinerfeño en el espacio abierto de Arte Galería, la artista alemana observa su acreditada fidelidad a la abstracción -siéntase también como un golpe de  aire fresco frente a realidades instigadas e insistidas con harta frecuencia y desigual fortuna- y “con la fuerza que le inspira la isla”, construye ámbitos singulares donde la mancha -ese es el mensaje- busca inexorable la liberación o se resigna en límites predeterminados para destacar una referencia o alusión real -un elemento de comprensión común, un objeto, vegetal, mineral ¿qué importa? que subyace en el repertorio visual de una época que se debate entre el consumo y la nostalgia.