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Cuando la educación no es suficiente

   
La muestra es aleatoria e  incluye a 1.935 estudiantes de 4º de ESO                                              de Canarias. / SUJA14

La muestra es aleatoria e incluye a 1.935 estudiantes de 4º de ESO de Canarias. / SUJA14

SARAY ENCINOSO | Santa Cruz de Tenerife

El azar puede ser más fuerte que la inteligencia. La literatura científica lleva mucho tiempo alertando de que la capacidad intelectual por sí sola no garantiza el éxito educativo y que el estatus social de la familia es determinante. El estudio Clase Obrera, Género y Éxito Educativo: Inteligencia, Expectativas y Didáctica, publicado por expertos del Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad de La Laguna (ULL), demuestra que “si todos los jóvenes se criasen en el ambiente de familias de estatus socioeconómico y cultural alto, la puntuación media en lectura mejoraría de 514 a 549”. Pero, ¿qué margen de maniobra tiene la escuela? ¿La mejora solo es posible con más recursos?

La utilización de la comprensión lectora no es baladí: es la competencia más transversal y uno de los índices medidos en los informes PISA para evaluar el nivel de los estudiantes de todos los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Por eso, para corroborar esta hipótesis y extrapolarla al Archipiélago, los autores de este trabajo, Saturnino Martínez y Leopoldo Cabrera, han utilizado una muestra aleatoria de 1.935 alumnos -chicos y chicas- que cursaron 4º de Educación Secundaria Obligatoria (ESO) durante el año 2007. Estos datos, unidos a otras correlaciones que se desprenden del informe nacional PISA, demuestran que “si las políticas sociales, sanitarias y educativas pudiesen compensar las desventajas del ambiente familiar de las familias de menor estatus social, el rendimiento académico en lectura de la población mejoraría de forma significativa”. Esta hipótesis explica por qué los estados con mejor rendimiento educativo de la población, como Finlandia o varios países asiáticos, también son aquellos donde menos influye el origen social sobre el nivel de competencias alcanzado.

Sin embargo, el análisis va más allá y propone cambios en los modos de enseñar para estrechar esa brecha. Uno de los objetivos de este estudio es “huir del pesimismo” y dejar de pensar que sin dinero no se puede recortar la desigualad de oportunidades educativa (DOE). “Los niños que tienen padres con estudios universitarios altos obtienen mejores resultados que los que vienen de familias con pocos recursos. Eso está constatado y lleva al pesimismo, porque da la sensación de que no podemos hacer nada para luchar contra esta realidad”. El reto fue plantear “qué se podía hacer para combatir ese estigma”. Se llegó a la conclusión de que en primer lugar había que plantearse “hasta qué punto miden los test de inteligencia la propia inteligencia o es la adecuación a la cultura escolar”. Y, en segundo lugar, “analizar si con distintos métodos didácticos se pueden conseguir mejoras en el rendimiento educativo y salir así del determinismo”, explica Martínez. “Se ha demostrado que con métodos innovadores de comprensión lectora -utilizar recortes de periódicos o libros de poesía y teatro- ese índice mejora”. Es una cuestión de dinero, pero también de docencia.

Para el sociólogo, estos datos sacan a la luz “todo lo que la familia está aportando que no aporta la escuela”. “Si gente con la misma inteligencia puntúa diferente es que hay un espacio de mejora dentro del propio sistema educativo”.

No es casualidad que Martínez se haya especializado en esta área: “Estudié en un colegio en el que de 120 niños llegamos 15 a la universidad. Entonces te preguntas qué es lo que hace que uno de ellos haya llegado a la universidad”. Desde entonces se ha esforzado por desentrañar todos los condicionantes que no se encuentran dentro de la escuela pero que son fundamentales en el desarrollo de los jóvenes. Desde la estructura familiar -padres divorciados u hogares tradicionales- hasta el efecto de la formación de la madre en las notas del hijo. Tiene algo claro: las consecuencias de “la tijera” las sentirán los chicos que hoy tienen siete u ocho años. Y no solo porque haya menos fondos dedicados a la educación, sino por la pérdida de calidad de vida en general. Al menos ha conseguido que en la Universidad haya una nueva generación muy implicada con el estudio del efecto de la desigualdad. Las pruebas son los trabajos de fin de grado de Elsa Bencomo -Capital cultural, métodos didácticos y rendimiento en lectura- y de Tanaraya Hidalgo -Clase social, métodos didácticos y rendimiento en lectura-, ambos calificados con sobresaliente.

La incidencia de la desigualdad en las aulas es un problema más grave para comunidades autónomas que, como Canarias, lideran los índices de desempleo y tienen más posibilidades de ver incrementado el fracaso escolar en el futuro. Muchos niños viven en familias con dificultades económicas y donde los dos progenitores están desempleados. “Muchas veces la mejor política educativa no es la que tiene lugar en la escuela, sino las políticas sociales”. Ahí está el detonante para que los niños no sigan siendo “herederos” de sus padres -mantengan el mismo estatus educativo y adquisitivo- y empiecen a ser mejores.