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Darya – Por Pedro H. Murillo

   

Se llama Darya y si bien no está, técnicamente secuestrada, su familia biológica la retiene desde hace meses en Argelia. Esta joven saharaui residía en Tenerife desde 2001 con su familia de acogida que ahora se encuentra desesperada. A tan solo semanas -una imprudencia, sin duda- de obtener la nacionalidad española viajó con pasaporte argelino a los campamentos de refugiados para estar con su familia biológica. En ese momento, la suerte cambió para Darya. Su familia decidió retirarle el pasaporte y el número de identificación extranjero por lo que su vuelta se ha revelado imposible a pesar de los llamamientos realizados por numerosos políticos y colectivos canarios. Esta historia, magistralmente seguida por Begoña Ávila, compañera redactora de Radio Club Tenerife de la Cadena SER, ha pasado sin pena ni gloria por la práctica totalidad de los medios informativos isleños y, sin embargo, tiene un calado que va más allá del mero secuestro de una joven cuyas coordenadas culturales son, desde hace años, occidentales y más concretamente tinerfeñas. Sucede que, tal y como ocurre con los casos de la dictadura venezolana, enmascarada de presunta democracia o del régimen totalitario cubano, cualquier atisbo de crítica al Frente Polisario es tildado de retrógrado y facha. Me importa un pimiento si se me tilda de ello. Nunca he entendido esa defensa casi de fábrica a movimientos que si bien pueden tener algún tipo de progreso social en su ADN, son autoritarios hasta la médula. De ahí que en Cuba puedes vivir tranquilo sin que los comisarios políticos te amarguen la vida, siempre y cuando no seas homosexual o escritor disidente. Del mismo modo, en el caso de Venezuela, pasaríamos por una situación delicada si fuéramos periodistas independientes. Con Darya el Frente Polisario ha hecho oídos sordos y mirado para otro lado dejando a su suerte a esta joven que quiere seguir viviendo en Canarias. Nuestra solidaridad con las injusticias cometidas con el pueblo saharaui nunca se ha puesto en entredicho. Sin embargo, la situación suscitada con Darya tiene poco que ver con la política y mucho con la religión islámica. Lamentablemente, la igualdad en las sociedades islámicas es desconocida y ser mujer en ese mundo es una condena. De ahí que tengamos un doble deber ético para con esta tinerfeña: primero, el articular las negociaciones diplomáticas necesarias para traerla de vuelta a la Isla y, por otra parte, la salvaguarda de sus derechos como ciudadana y mujer. Justificar su “retención” argumentando motivos culturales solo es una muestra de cobardía política y de falta de compromiso con los tan traídos y llevados valores de igualdad de género con los que se llenan la boca algunos.