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después del paréntesis>

Dictadura – Por Domingo-Luis Hernández

   

La jueza Servini ve indicios de imputación para 20 españoles por cargos contra perseguidos o desaparecidos durante la larga etapa de Franco y alrededores. Entre ellos a Martín Villa. Y él se declara íntegro; más aún, está dispuesto a declarar ante la jueza en cuestión para probar su inocencia. Uno pondera, pues, que a este país no hay por donde cogerlo. Porque que sea Argentina quien proceda a restañar los horrores de los casi cuarenta años de dictadura en España es funesto; que sea la justicia argentina quien intervenga para enterrar en cementerios reconocibles a los muertos que andan perdidos por barrancos, barranqueras y sembrados es infausto. Por eso que la Interpol pida actuaciones pone las cosas en su sitio. Porque en este país no se ha cerrado la Guerra civil. Existen manejos de jueces, de capitostes no venidos a menos y de gobiernos que no permiten que se cierre la funesta Guerra civil del periodo 1936-1939. El esquema es simple y conturbador. Si Martín Villa, pongo por caso, actuó con un muerto en la plaza de toros de Pamplona y un pobre chico estudiante muerto en la entrada central de la Universidad de La Laguna, fue porque tenía en prenda y deber proteger al Estado de terroristas y de revolucionarios. Esa es la condición que el Estado en Francisco Franco Bahamonde había impuesto desde 1939 y con muy pocas excepciones. Los muertos, aunque fueran inocentes, eran previsibles, incluso inevitables, igual que las torturas, en razón del Estado. Es verdad que no ha sido solo España quien ha contado con una guerra civil, con una guerra desproporcionada y fraticida. A España la acompañan Japón, Argentina, Perú, Venezuela, Colombia, Chile, EE.UU., Finlandia, Rusia, China… Lo que ocurre es que en los países citados más razonables el punto final vino dado por el recuento de muertos por ambas partes. Solo así es posible la concordia: los delirios de acá frente a las entelequias de allá. Fin para el que ganó y se apresta a compartir el futuro, y para quien perdió y se suma a construir el porvenir. EE.UU. cito, por ejemplo. Lo siniestro de España, entonces, no es (siendo trascendental) que haya cientos de muertos en la cuneta sin sepultar, desde hermanos, padres y abuelos a Federico García Lorca; lo siniestro es que, quienes cerraron la guerra e impusieron los años de dictadura, escapen al tesón de la equidad, por los subterfugios dilectos que se da en el sistema judicial de este país, amnistía y prescripción, según los casos. Por eso interviene María Romilda Servini de Cubría, igual que para otros casos, como el robo de niños durante el franquismo, porque a los españoles que denuncian allá aquí no les hacen el más mínimo caso. Es decir, a lo que andan agarrados los susodichos es a que la historia les dio lo que les dio, que ellos son los vencedores y para la llamada eufemísticamente “reconciliación” solo cabe una cosa: suspender la memoria. Eso es lo que proclaman, eso es lo que imponen. Siniestro, repito, porque un país no sana de su locura hasta que los asesinos den la cara y no haya un solo muerto sin enterrar.