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De la excepción a la regla… – Por Miguel L.Tejera Jordán

   

En España hemos pasado de la excepción a la regla. Tiempos atrás era muy raro, y por tanto excepcional, conocer las corruptelas de un político (lo que no significa que no existieran los corruptos). Hoy, la corrupción se ha generalizado y es la regla. Siempre hemos sabido que quien se acerca a la política no lo hace, generalmente, para beneficiar a los ciudadanos, sino más bien para beneficiarse de ellos. En todos los tiempos ha habido cambalaches de alcaldes y concejales de urbanismo. Y presiones de los partidos sobre empresas y particulares, presiones destinadas a captar fondos para campañas electorales que aseguren la continuidad en el poder de quienes salen elegidos por los ciudadanos cada equis años. Pero, a día de hoy, cuando no pasa una sola jornada sin que caiga un capitoste y entre en la cárcel otro, parece claro que cuantos están en política no son trigo limpio. Y que, quien no ha robado, no lo ha hecho, sencillamente porque no ha podido, no ha sabido, no le han dejado, o no ha encontrado dinero en la caja saqueada por su predecesor en el cargo. La regla es ahora mismo que aquí han mamado

-y siguen haciéndolo, aunque adoptando mayores precauciones- socialistas y populares y cargos de los demás partidos sin excepción alguna; así como jefecillos de organizaciones sindicales, representantes de corporaciones empresariales, diputados, senadores, ministros y consejeros autonómicos, alcaldes y concejales, funcionarios de especial peso en determinadas administraciones públicas, particularmente los que asumen responsabilidades técnicas en las mesas de contratación en las que se deciden las adjudicaciones de obras, servicios y toda clase de contrataciones públicas, sin olvidar a profesionales corruptos, como notarios, abogados o registradores. Este es un cáncer muy difícil de extirpar. Primero de detectar y, después, cuando los casos van saliendo a la luz, porque nos asustamos ante la envergadura del dinero público robado, de la hacienda de todos que ha sido saqueada y de los dineros que dejan de acudir en auxilio de la sociedad, y especialmente de sus miembros más desfavorecidos, como son los niños o los jubilados, los parados de larga duración, los enfermos que se amontonan en los pasillos de los hospitales, los estudiantes que se quedan sin beca, o los escolares a los que les cierran los comedores porque no quedan recursos para darle aunque sea una comida decente al día. El problema no está en no recaudar impuestos. El problema está en que los que se recaudan no acuden en auxilio de los más necesitados, sino que se pierden por el camino, dentro de los bolsillos de los hijos de mala madre que han medrado en política para hacerse ricos a costa de sus paisanos.

Antiguamente, el político corrupto guardaba las formas y se notaba menos. Ahora, ninguno tiene la vergüenza de esconder su acciones. Han metido mano tan a mansalva en la lata del gofio, que han secado los campos de trigo y los cultivos de millo. No hablamos de mil eurillos más o menos, hablamos de millones y millones, decenas y miles de millones de euros del pueblo que han ido a engrosar el patrimonio de unos pocos.

Si alguna vez algún partido político me ofreciera un cargo público, solicitaría el de director general de prisiones. Para poner en libertad a los ladrones de gallinas y llenar la celdas de jerifaltes. En efecto, habrá que construir más cárceles para encerrar a tanto ladrón que viaja en coche oficial de alta gama. Pero no me conformaría con privarles de libertad. Habría que llevar al Congreso y al Senado una ley que penalice al corrupto con la cárcel y con los trabajos forzados en bien de la comunidad. De la que se ha servido de manera tan zafia.