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Isabel la Católica – Por Luis Ortega

   

Una serie televisiva nos impuso la visión patriotera y edulcorada de la Católica Isabel, que pasó a mejor vida el 26 de noviembre de 1504 en Medina del Campo. Contaba cincuenta y tres años y, en su matrimonio con Fernando de Aragón, concibió cinco hijos: Catalina, reina consorte del Reino Unido, e Isabel y María, que lo fueron de Portugal; Juan, el menor y único varón, fallecido en la adolescencia, y la primogénita Juana la Loca, a quien legó los reinos peninsulares y las posesiones americanas. Tres largos siglos después, en 1864, Eduardo Rosales, el pintor mejor dotado de la segunda mitad del XIX, recreó en doce metros cuadrados el testamento de la soberana, junto a cuyo lecho aparecen ocho personajes: su marido, Fernando de Aragón y Sicilia, su heredera, el poderoso cardenal Cisneros, además del escribano real y otros cortesanos anónimos. Radicado en Roma, el madrileño invirtió dieciocho meses en esta labor, en la que, tras desertar del influjo purista, recuperó el naturalismo barroco de Velázquez y la Escuela Madrileña. Isabel II, en el último tramo de su convulso reinado, lo adquirió para el Museo del Prado y lo prestó para la Exposición Universal de París de 1867, en la que la tela ganó la Medalla de Oro y su artífice la Legión de Honor. Cuando se cumplen quinientos diez años de la muerte de la Católica, la composición que evoca sus últimos momentos adquiere un merecido reconocimiento, tanto por su calidad intrínseca -es el mejor cuadro de historia del abundante catálogo español- como por el interés del asunto. De una parte, es la ópera máxima de la sala 61-B de la pinacoteca nacional, dedicada a los Maestros modernos, representantes cualificados de las distintas corrientes decimonónicas, en su mayoría procedentes del desaparecido Museo Nacional de Arte Moderno. Con este espacio se inauguró la audaz y necesaria ampliación del Prado proyectada por el arquitecto Rafael Moneo. De otra, es el incentivo principal del Palacio Real de Medina del Campo, cuya primera noticia data del siglo XIV, concretamente en 1355, en el reinado de Pedro I. Aparece luego copiosa documentación de la dinastía de los Trastámara y, en el tema que nos ocupa, fue la residencia favorita de Fernando e Isabel. Visitable tras una concienzuda restauración, cuenta con salas de interpretación que nos ubican en los hitos estelares de la Edad Moderna, tanto en proyecciones e información digital como en charlas divulgativas y funciones teatrales para el público. El lienzo de Rosales fue recreado, tanto plástica como virtualmente, en los lugares donde discurrieron las buenas y las últimas horas de una mujer autoritaria, con tantos brillos como opacidades.