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José Antonio Rial – Por Luis Ortega

   

Ayer se cumplieron cinco años de la muerte de un trabajador de la cultura que se ganó una patria nueva y que, acaso porque la historia es un círculo, revivió, en sus últimas horas, otra colisión civil que resucitó los fantasmas que le expulsaron de Canarias seis décadas atrás. Hombre de su tiempo, como se calificaba, nació en Cádiz y vivió sus primeros años en la isla de Lobos, donde su padre fue torrero; pasó a Gran Canaria -donde cursó bachillerato e inició sus trabajos de prensa- y Tenerife, donde la familia echó raíces. Maquinista naval de profesión, frecuentó los ambientes culturales, especialmente la facción de Gaceta de Arte -el calificativo es de Pérez Minik- y se integró en las juventudes de Izquierda Republicana; antifascista radical, en 1936 fue detenido y encarcelado en Fyffes y, después, en Gando y Guanarteme, todos ellos nombres significados en la geografía de la represión canaria; condenado a muerte, se libra de la ejecución por autolesionarse y simular locura y, tras un periodo de libertad vigilada, en 1950 emigra a América del Sur y, con su inteligencia y esfuerzo, gana un sólido prestigio en los medios informativos y las letras caraqueñas. En La prisión de Fyffes describió con tanto rigor documental como garra narrativa las ruines pasiones desatadas en el Archipiélago durante la Guerra Civil, los enfrentamientos sociales que la precedieron y las secuelas cainitas que la secundaron, el clima opresivo que vivieron los derrotados y la venganza inclemente de los vencedores. En Venezuela imán pasó de la opresión a la lucha sin tregua en busca de las segundas oportunidades que ofrecía la nueva patria a los desposeídos de la fortuna. Dentro de sus dedicaciones, José Antonio Rial González (1911-2007) fue especialmente estimado por su periodismo independiente y agudo, inspirado en posiciones socialdemócratas desde las que analizó las desigualdades sociales y los conflictos políticos de un país hermoso, rico y paradójico. Pero, sobre todo, brilló por una obra dramática de eficaz estructura y brillantes diálogos que lo consagró, en 1978, con La muerte de García Lorca, que figuró entre las versiones más madrugadoras y valientes sobre el asesinato  del poeta granadino; dirigida por el argentino Carlos Giménez, el grupo Rajatabla la paseó con éxito por medio mundo. Recuerdo con especial afecto al escritor, un cordial anfitrión en Caracas, un conversador entrañable y ameno y, con sincera admiración, un programa televisivo, El rostro y sus máscaras, que daba cuenta de la actividad dramática en América del Sur.