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Juana de Castilla y Portugal – Por Luis Ortega

   

Proclamada Reina de Castilla y Reina consorte de Portugal, fue -y es- uno de los personajes peor tratados en la crónica general de España. Pero, porque las verdades, incluso las ocultas, siempre resplandecen, ahora se confirmó una hipótesis incluida por Gregorio Marañón en su Ensayo biológico de Enrique IV (1930). Entonces el humanista denunció el hallazgo de arsénico en los restos del monarca y lo anotó como causa de su muerte. Este año, la medievalista María Jesús Fuente descubrió una copia de la denuncia que la hija y heredera del Impotente formuló contra su tía y madrina Isabel la Católica, destinada a Madrid y copia literal del original custodiado en el Archivo Provincial de Zamora. El legajo  -comprensible en un país de pícaros- está en la biblioteca de la universidad de Harvard;  en el mismo, declaró que la que llamó “Reina de Sicilia” por su boda con Fernando de Aragón, “por su terrible codicia de reinar, ordenó dar ponzoña” a su padre. Conocido y cuestionado por los historiadores oficiales, el episodio resulta verosímil por la crudeza que tuvo la guerra de sucesión entre 1475 y 1479, donde un amplio sector de la nobleza, incluidos muchos de los que apodaron a la princesa niña como La Beltraneja -divulgada la presunta impotencia del rey y las veleidades de su esposa y atribuyeron su paternidad al caballero Beltrán de la Cueva- la apoyaron en sus legítimos derechos. En cualquier caso, la fuerza de las armas y la astucia negociadora de los Reyes Católicos convirtió a la infanta en una víctima inocente de intereses y conjuras para las que no estaba preparada. Su boda con Alfonso V de Portugal, que se planteó como una estrategia reivindicativa, tampoco sirvió y fue anulada. Retratada por un pintor anónimo como una triste muchacha, vivió gran parte de su existencia en el país vecino, y fue obligada a profesar en el convento de las clarisas de Coimbra. Juana de Castilla (1462-1530) fue víctima de las venalidades paternas que nombró como heredero a su hermano Alfonso, muerto durante la revuelta contra su hermana Isabel, a la que sobrevivió 26 años; de las traiciones de los aristócratas que alternaron sus fidelidades a su conveniencia y de los intereses políticos de las dos naciones peninsulares. Vinculada a Canarias por el interés de ambos bandos en el control de las islas de señorío, sólo queda su triste memoria e incluso ésta fue víctima colateral de una tragedia: el terremoto que abrió noviembre de 1755, y del que hablamos la pasada semana, arruinó el templo lisboeta y el lujoso mausoleo que guardaba sus despojos.