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Nicolás Gómez – Por Luis Ortega

   

Con diagnóstico forense de megalomanía, y dudamos que con dolor de contrición y arrepentimiento, el pequeño Nicolás está en la calle, convertido en trending topic, tras su detención por usurpación de identidad, falsedad y estafa. La jueza instructora, a la vez que ordenó su libertad, “no entiende” como un veinteañero madrileño de La Prosperidad – Francisco Nicolás Gómez-Iglesias, miembro de una familia modesta pudo crear y mantener su impostura. Pero lo cierto es que, tras abandonar los estudios de Dirección de Empresas, se matriculó de Derecho en el Cunef, donde un curso cuesta nueve mil euros; llevaba coches de alta gama, con chofer incluido y, según contaba para avalar sus trapacerías, “tenía mano en La Zarzuela y en La Moncloa”. Las pruebas de sus “privilegiadas relaciones con el poder” eran una colección de fotos en las que aparecía con notables de la vida política y económica española -del rey abajo, con Aznar, Aguirre, ministros y altos cargos, diputados, directivos de la patronal- y el uso de papel timbrado de las instituciones, pirateado, como acreditaron los peritos, de Internet. Quienes le conocen valoran su frescura y palabrería, su petulancia, que le llevaba a afirmar que sería presidente del Gobierno; el desprecio por su barrio, por lo que se trasladó con su abuela a Chamberí y luego a un lujoso chalet de El Viso que pagaba una constructora. En su frescura o delirio, se declaró miembro del CNI e autoinculpó en el caso Noos; según dijo en el juzgado; se entrevistó con responsables del Sindicato Manos Limpias a los que pidió “que rebajaran la petición de penas para Urdangarín”. La notoriedad que, con tanta argucia y constancia buscó, la consiguió con creces y, en tanto se concluye la investigación, sabremos si tiene apoyos potentes e interesados, como algunos sospechan y, también si todas las instantáneas difundidas son reales o falsificaciones de photoshop. Descubierto por la estafa de veinte mil euros a un empleado de banca, al que prometió arreglar un supuesto problema con Hacienda, lo que, en cualquier caso, demostró el descarado muchacho es lo fácil que resulta engañar en el país de los pícaros Lázaro de Tormes y Marcos de Obregón, que usaron la suplantación de personalidades y se valieron de la vanidad sin medida y la codicia ajena de los destinatarios de sus añagazas. En este estilo de vida y género literario, no hay inocentes; ni el pequeño Nicolás, cartel de un anuncio para la petición de becas universitarias (es decir, para estimular la cultura del esfuerzo) ni quienes lo utilizaron ventajosa o vanamente en su provecho.