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Peter Fechter – Por Luis Ortega

   

Con énfasis cultural y evaluaciones del costo de la reunificación, las  últimas semanas evocaron la pacífica y alegre caída del Muro de Berlín, cuarenta y cinco kilómetros de hormigón, alambradas y torres de vigilancia que conformaron el símbolo más oprobioso de la Guerra Fría. Como alivio de sus horrores, la historia depara anécdotas curiosas como la bendita indiscreción del miembro del Politburó, Günter Schabowski, que anunció por sorpresa la retirada de todas las restricciones para el libre tránsito entre las dos Alemanias. En ese momento, el siglo XXI abrió sus puertas y los temibles guardias fronterizos no se atrevieron a disparar a una multitud enardecida que reivindicaba sus derechos atropellados en todo el recorrido de la siniestra valla. Esto ocurrió en la noche del 9 de noviembre de 1989 y, un año después, aquel inolvidable berlinés que se llamó Willy Brandt (1913-1992) inauguró un monumento al primer caído en el vano intento de escapar al sector occidental. De aquellos días me quedó un recuerdo ácido que, en absoluto, se correspondía con las ideas previas sobre el gran país derrotado y castigado en dos conflagraciones mundiales. Me traje también algunos souvenires: un llavero colgado de un cuadrado de cemento, como reliquia del dislate; algunos libros de arte, baratos y primorosamente editados; y una camiseta con el rostro imberbe de Peter Fechter, obrero de la construcción de apenas dieciocho años que, desde una ventana, saltó hasta el remate de la pared; fue tiroteado sin clemencia y cayó en el llamado Corredor de la Muerte, una franja de tierra en el límite de la RDA. Herido de gravedad ante la indiferencia de los vigilantes, murió desangrado una hora después, sin recibir atención alguna por parte de los miembros de la Deustsche Grenzpolizei, pero alentado por los gritos de ánimo de cientos de testigos que presenciaron la escena desde el otro lado y que le pedían que resistiera, para nada, tristemente. El miedo mutuo, el miedo al miedo, acompañó los estertores del desgraciado muchacho. Desde el 17 de agosto de 1962, su truncada biografía sirvió de bandera y acicate al largo centenar de desesperados -no hay acuerdo entre los historiadores y los medios sobre el número de víctimas- que apostaron por la libertad o la muerte. La primera manifestación que, pese a los controles, reunió a más de diez mil personas marcó, según Brandt, “el principio del fin de la vergüenza” y, el mismo, tuvo oportunidad de celebrarlo cuando, en 1990, un austero obelisco de acero cortén conmemoró la imparable irrupción del tiempo nuevo.