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El programa de Podemos, entre la radicalidad y la fantasía – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

La recién constituida formación política Podemos ha concretado los principales aspectos de su programa económico para las elecciones generales de 2015 -ahora debe someterlo a discusión de las bases para acordar su redacción definitiva-, y lo ha hecho con una profunda revisión de las propuestas que formulara en la pasada convocatoria para la elección de parlamentarios europeos. Se diría que pretende tranquilizar al empresariado nacional, a los inversores extranjeros, a las autoridades económicas de la Unión Europea y a los mercados, tan sensibles siempre a los grandes procesos de cambio como el que presenta este nuevo partido, y al electorado instalado en la moderación. De su inicial programa de corte bolivariano y seudocomunista, dicha formación política ha pasado a un proyecto también populista pero menos utópico, aunque en algunos de sus puntos siga siendo poco realista e inviable. La renta básica universal que con tanto énfasis anunció Pablo Iglesias, se deja ahora para las personas en riesgo de exclusión social, siguiendo el modelo del actual Gobierno. La jubilación a los 60 años pasa a 65 con cierta flexibilidad. La jornada laboral sigue en las anunciadas 35 horas semanales, las mismas que Francia pretende revisar, frente a las 40 de la actual legislación española. El impago de la deuda pública se circunscribe a su mancomunación en el marco europeo, con reestructuraciones y quitas ordenadas, dialogadas y pactadas; nada de impago, ni auditoría crítica y cosas por el estilo.

Conociendo la trayectoria de los dos redactores del programa, Vicenç Navarro, catedrático de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y Miguel Torres, catedrático de Teoría Económica de la Universidad de Sevilla -muy marcados ambos por el análisis marxista y por los movimientos de extrema izquierda, antiglobalización, anticapitalistas y contrarios al liberalismo económico y a las políticas privatizadoras-, no puede sorprender que entre sus iniciativas se incluya lo que denominan un “pacto de rentas” basado en una subida salarial obligatoria y generalizada para todas las empresas a los niveles de hace ocho o diez años, previos a la crisis, para así reactivar -dicen ambos- la economía mediante estímulos a la demanda y la inversión. Dudoso empeño el de esta receta ya que si no se incrementa sustancialmente la productividad, muchas empresas se verían obligadas a cerrar.

Otras medidas discutibles se refieren al aumento de las plantillas de funcionarios públicos, la eliminación de ayudas a los contratos a tiempo parcial, la creación de una banca pública y de “bancos ciudadanos de interés público”, la consideración del crédito como “un derecho público” con mínimas obligaciones de solvencia para quienes lo soliciten, la implantación de un impuesto a los “superricos” (que se estima son el 1% de la población española), la prohibición de practicar despidos en las empresas con beneficios, la inclusión en la Constitución española de la financiación de la economía y la facilitación del crédito como servicios públicos esenciales, así como el incremento de la lucha contra el fraude fiscal, que centran en las grandes fortunas, las grandes empresas y la gran banca. Demasiado “público” para no sospechar. Las primeras reacciones que ha suscitado el programa económico no son precisamente favorables, ya que ha recibido duros epítetos -ilusorio, fantasioso, irrealizable, imposible en un país de la UE, etc.-, aunque se reconoce que algunas propuestas de carácter social son razonables y susceptibles de ser llevadas a cabo. Algunos movimientos asamblearios y radicales incluidos en Podemos, como los derivados de los grupos de indignados del 15-M y de las tendencias y corrientes sociales similares, consideran que las reformas que se proponen son poco avanzadas y piden nacionalizaciones, expropiaciones y medidas colectivistas al más puro estilo de la revolución soviética.

Propuestas radicales
Precisamente porque el origen comunista de los principales líderes de Podemos, incluido Pablo Iglesias, puede despertar suspicacias, el partido está tratando de acomodar su discurso hacia posiciones menos extremistas, en una línea que el propio Iglesias ha calificado como socialdemócrata, lo que apunta directamente al PSOE como rival directo para los próximos procesos electorales. Los socialistas andan de bandazo en bandazo y sin liderazgo consistente ni, por tanto, ideas claras, e Izquierda Unida se halla en caída libre: o acepta un pacto electoral con Podemos en condiciones de clara inferioridad o se integra dentro del nuevo partido para no desaparecer. Con IU y PSOE metidos en problemas, la izquierda clásica va a quedar un tanto diluida por el avance de otra izquierda radical y, en algunos casos, revolucionaria, que -ya lo ha dicho Podemos- quiere romper con el pasado, superar la “mordaza” y el “mito” de la transición, y darle voz al pueblo para abrir un nuevo proceso constituyente, como si la inestabilidad política y la inseguridad económica que se generarían fuesen una bobería.

Si del terreno económico pasamos al político o al social, la tendencia extremista de Podemos y su tercermundismo ideológico quedan patentes en la propuestas de abandono de la OTAN, suspensión de los acuerdos de defensa con los Estados Unidos, no intervención militar española en ningún conflicto bélico exterior, derogación del Tratado de Lisboa, supresión de los CIES y de los programas Frontex y Eurosur, devolución al sector público de los servicios y centros sanitarios privatizados, creación de medios públicos de comunicación social, prohibición de cualquier tipo de subvención con destino a la enseñanza privada y concertada, etc.

La sociedad española está harta de sus políticos y del deterioro de las principales instituciones, desesperada por una crisis económica que hace demasiada mella entre los más débiles, cansada de tanto escándalo de corrupción, desilusionada por tanto inmovilismo y falta de coraje para cambiar las cosas, sobre todo por parte de PP y PSOE. Pero esa misma sociedad no creo que desee rupturas de machuca y limpia con lo mejor de un próspero pasado reciente, ni soluciones propias del tercer mundo, caudillismos redentores de andar por casa, programas populistas de imposible cumplimiento e ideas sepultadas por la historia.

El reformismo necesario
La regeneración democrática debe pasar por la mejora y perfeccionamiento del sistema político que se dio el pueblo español en 1978, por embridar de una vez la corrupción y mejorar el rendimiento y la transparencia de todas las instituciones, por dejar de lado las soluciones cosméticas y dar paso a un auténtico reformismo acorde con el tiempo presente. Un reformismo que, desde la modificación de la Constitución vigente, refuerce la unidad y solidaridad de la nación dentro de su natural diversidad, para ganar en derechos y libertades y progreso social y económico.

A un año de las elecciones, dudo mucho de que, pese al viento a favor de las encuestas, Podemos sea hoy, tal y como la conocemos, una fuerza determinante para el cambio sereno y responsable que el país necesita. Por mucho que trate de dulcificar y centrar su discurso -muchas veces deliberadamente ambiguo y otras anacrónico cuando no innecesariamente radical y hasta revolucionario-, las revelaciones e incluso los escándalos que en las últimas semanas se han conocido sobre el comportamiento de algunos de sus principales líderes, empezando por Pablo Iglesias, no son precisamente un buen ejemplo de ética y estética ciudadana cuando tanto se critica por ello a los adversarios políticos.

Tampoco contribuyen a ello las ansias de poder para llevar a cabo un cambio de corte extremista, ni las manifestaciones vacías de algunos de sus dirigentes, empezando por el propio Iglesias, ante las incisivas preguntas de periodistas bien preparados y con oficio. Es cierto que ha roto con el bipartidismo y que parecía que traía un soplo de aire fresco al panorama político nacional. Pero a medida que pasa el tiempo ese aire se desmitifica y contamina, alejándose además de la centralidad y la transversalidad que tantas esperanzas despertó. Al final va a tener razón el financiero Bernard Baruch cuando afirma que hay que votar a aquel que prometa menos porque al final será el que menos decepcione.