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luces y sombras>

Reglas del juego – Por Pedro H. Murillo

   

La gravedad de lo ocurrido en Cataluña aún no ha sido mesurada por parte de algunos. Para empezar, más de cuatro millones de catalanes se quedaron absolutamente desamparados por el Estado, o dicho de otra forma, el Estado quedó en suspenso durante unas horas. No es que esté en contra del derecho a decidir de los pueblos que conforman España, pero sigo alucinando con la falta de ética y sensibilidad tanto del Gobierno central como de algunos partidos políticos que no respetan las reglas del juego, que pasan, indefectiblemente, por cumplir la legalidad constitucional. En el caso del simulacro de referéndum o consulta, Mariano Rajoy ha caído en el mayor de los ridículos ejemplificando lo que ha sido la tónica de su mandato: no hacer nada. Parece que el presidente ha tenido como ejemplo a otro gallego de funesto recuerdo como el general Franco quien, según cuentan, tenía en su despacho dos torres de papeles: en un lado los temas pendientes por solucionar y en el otro extremo los problemas ya resueltos. En la mitad estaba el general firmando diligentemente y con un placer casi sexual sentencias de muerte mientras confiaba en que el tiempo se encargara de solucionar los asuntos pendientes. Mariano Rajoy sigue la misma mecánica, consistente en esconderse, evitar el diálogo y mandar al garete dos resoluciones del Tribunal Constitucional al que, por cierto, no habrá nadie que le haga ni puñetero caso a partir de ahora. En realidad, si tomamos con todas las cautelas los resultados de una consulta que no cumplió con las garantías democráticas, fue un auténtico desastre para los intereses independentistas, por lo que si se hubiera dado luz verde a un referéndum,el voto de más de cuatro millones de personas que no comulgan con las tesis separatistas hubieran zanjado la crisis. La idiocia del Gobierno central unido a un Partido Popular lastrado por la corrupción y a un Partido Socialista con un candidato flojo y de una inmadurez política supina, tenemos el caldo de cultivo perfecto para dar pábulo a cualquier cantamañanas. Estoy indignado con este gobierno y con los partidos políticos que se dicen demócratas y no dan una oportunidad al diálogo y a velar por los derechos de todos. La falacia de que el nacionalismo, sea cual sea su condición geográfica, es moderno se ha asentado en amplios sectores de la izquierda. Todos vemos necesario un cambio de rumbo que pasa por la reforma constitucional, abriendo la puerta a un sistema federal que de facto está funcionando en la actualidad. Mientras tanto, resulta extremadamente peligroso no respetar las reglas de un juego que, por consenso, es el mejor de los posibles y que existen canales suficientes para debatir y dirimir las diferencias. Es demagógico lanzar el mensaje fácil y vacío por el que se considera que esta democracia es ineficaz y que debemos cambiar el sistema de raíz. Sin embargo, uno de los logros inherentes de la democracia es que permite modificar su propia estructura, pero respetando los derechos constitucionales que amparan tanto a separatistas como a los integradores. En resumen, me resulta pavoroso que se pretenda cambiar la legalidad constitucional obviando los cauces democráticos y legales -por cierto, que en este último caso con una justicia de las más garantistas de Europa- y me da igual de temor si ese cambio es proclamado desde banderas hiperprogresistas o desde las botas militares, que de eso ya tenemos suficiente experiencia.