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Warren Clarke – Por Luis Ortega

   

Su repentina y plácida muerte despertó imágenes y sensaciones juveniles, la laboriosa búsqueda de La naranja mecánica y su volcado digital, y la revisión del alegato de Stanley Kubrick (1928-1999) sobre las bandas urbanas, cuatro décadas después. El filme resiste con holgura el peso del tiempo pero, después de lo llovido, la violencia de los pandilleros y la represión policial que escandalizaron en su día, bajan muchos peldaños en la escala de los horrores sociales. Cualquier página de sucesos, cualquier revista internacional, cualquier reportaje sobre los efectos colaterales de la crisis moral y económica que abrió el siglo XXI producen más susto y bochorno. Para servir a las aventuras propuestas por el delincuente y sociópata protagonista, al ritmo de Herb Brown (Cantando bajo la lluvia) y la Novena de Beethoven, el escritor Anthony Burgess inventó una jerga que denominaba los distintos tipos, grupos, policías, sitios, palizas, partes del cuerpo, comidas, bebidas, drogas… Así drugo pudo leerse como camarada y cómplice, tal vez amigo, según el glosario que enriqueció la primera edición castellana de la novela (Minotauro, 1976), y fue acordado por el autor y el traductor Aníbal Leal. El cuarteto de matones, liderado por Alex DeLargue (interpretado por el histriónico Malcom McDowell), sumó al lugarteniente George (James Marcus), en conjura continua para derrocar al jefe; el verso suelto Pete (Michael Tarn), el razonable que no interviene en las peleas y, por último, el Lerdo Dim, un personaje especialmente cuidado por el realizador y que salió de un exigente casting.

El elegido fue Warren Clarke (1947-2014), que debutó con éxito en la emblemática serie Coronation Street (presentada en diciembre de 1960 por la ITV, que pasó del medio siglo y emitió hasta ahora casi nueve mil episodios) y, además, actuaba asiduamente en los mejores teatros londinenses. El drugo torpe, gordo y pelota, fue un gregario limitado, fiel al imperio del terror y adulón en las barbaridades del jefe hasta que, en la decadencia de éste, muestra la maldad sin medida y la capacidad de venganza del mediocre; un segundón digno de las tragedias oscuras de Shakespeare. Kubrick le profesó sincera admiración y le garantizó trabajo en todas sus producciones pero Clarke rechazó todas las proposiciones para trabajar fuera del Reino Unido, donde vivió con decoro y discreción y mantuvo intactos su prestigio y popularidad con el serial Dalziel and Pascoe, donde encarnó a un peculiar detective privado. Con todo, es un icono de la centuria pasada amansado por los excesos de la presente.