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Anónimos – Por José David Santos

   

La medida de la honestidad de una persona en estos tiempos de canallas y tramposos -cuándo no lo fue esta España de truhanes y pícaros- se sustenta en aspectos tan ligeros que cualquiera aspira a ser ese referente moral sin tachaduras -cree él o ella- que nos guíe al resto hacia, supongo, una sociedad moderna, pulcra, impoluta e incorruptible. Y caemos así en la tentación de creer que con eso bastará -aceptando sus pequeñas contradicciones, errores e, incluso, malas artes- y que al llegar al poder (o permanecer en él) todo lo demás y todos los demás cambiaremos gracias a ellos. Dicen que no hay líderes en la política y la sociedad española. Que no existen luceros que alumbren el camino. Que escasean los verbos y la ideas bien argumentadas y cimentadas en el conocimiento. Que hay una nada. Y es cierto. Lo que sí hay es hartazgo.

Y el único sendero que se dibuja ante millones de personas para que todo cambie es, sencillamente, el sentido común. “Si unos roban, que vengan otros, para ver si no roban”, por ejemplo. Pero el problema es que acogemos el robo como elemento de la ecuación. Aceptamos que el prójimo es capaz de todo por egoísmo y aún así, creemos que alguien, otro, otros, van a resolvernos esa papeleta del futuro. Confíamos en que los que vengan o ya están son mejores que los que están o vendrán. Pero son los mismos porque somos nosotros, todos, parte de ello. No hay salida a nada de los que nos asola y preocupa si no empezamos a creer que está en nosotros, como individuos, la llave para ese cambio tan deseado y a todas luces necesario. Y eso requiere renuncias, sacrificios, pérdidas, dolor e injusticias… porque siempre ha sido así. Los avances hacia un modelo de sociedad más equilibrada, menos maniquea, más tolerante e igualitaria ha dejado tras de sí un montón de cadáveres, físicos y figurados, que jamás aspiraron a gobernar, dirigir o encabezar nada, pero a ellos, a esos anónimos, se les debe todo. A mi juicio, ahora, en tiempos del tuit y el clic de la inmediatez, cada vez son menos esos sin nombre y más los que dicen tener la “solución” a todo. Y eso ni basta, ni es suficiente.