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Las conciencias no duermen – Por Rafa Lutzardo

   

Últimamente la vida me habla con cierta ironía; me sonríe como el sol lo hace cuando amanece o intenta seducir a la luna, la cual sigue resistiéndose a las tentaciones de los bellos rayos que desprenden y dibujan tan seductor astro iluminado; que entre nubes juguetonas y siluetas variadas, acompañadas de hermosos colores de un amanecer o de un atardecer de una estación del año, no consigue que el alma y el corazón de la luna se conviertan en guardianes de tan hermosos cortejos seductores. La vida insiste en recordarme ese puente afectivo que ayudé a construir en mis comienzos de joven, llevando a mis espaldas una mochila de ilusiones, pero también de frescas ignorancias que la vida le da a todo joven antes de graduarse en el camino de la experiencia. Al igual que el mito del Jardín de las Hespérides y las manzanas de Oro, custodiadas por las tres ninfas: Egle, Eritia y Heperaretusa; yo también sembré y custodié un jardín con árboles llenos de vida, alimentados por la fuerza de mi juventud, amor, ilusiones y sueños. Un jardín que, a diferencia del mítico citado, resultó ser real como la vida misma. La vida me advertía de los constantes cambios que todo ser vivo tiene en el planeta tierra y cuáles son las prioridades de los seres humanos. Mi mente estaba en otro lugar, en otros proyectos. Posiblemente, esa ignorancia con respecto a mi consejera de la vida me hizo feliz durante una importante etapa de mi vida. No conocer, no saber que poco a poco me iría adelantando al tiempo de mi propia vida, posiblemente me hizo hacer cosas que hoy no me atrevería a hacer. Hemos sido traficantes de nuestra propia evolución, de nuestro propio tiempo y de nuestras propias vidas. Ya no hay tiempo para poner la mirada atrás. Ahora lo que importa es seguir hacia adelante; aún a sabiendas de que vivimos en un mundo competitivo, materialista, egoísta, arrogante y ambicioso. Mis árboles ya han crecido; han aguantado las bofetadas del viento, las heladas y fuertes lluvias del otoño y del invierno. El reloj del paso del tiempo de todo hombre o mujer, o el largo transcurrir de mi amiga la vida, me van marcando los tiempos y los registros en mi forma de aprender y vivir. Las conciencias no duermen: piensan, meditan, indagan en el subconsciente de cada cerebro humano. Los remordimientos son como agujas de cristal formadas por hielos de la naturaleza. Pero eso solo pertenece a las personas que no supieron valorar lo que en otra época la vida les dio.