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Creyentes que son apisonadoras – Carmelo J. Pérez Hernández

   

No entiendo cómo es posible ofrecer a alguien el evangelio de Jesús sirviéndose para ello de la amenaza, el temor, la acechanza de un dolor eterno… Y tampoco creo que sea meramente una cuestión generacional. Esas excusas de que éstos son otros tiempos, de que todo es cíclico y que ahora prima la misericordia lo mismo que antes lo hizo el temor, ese tipo de simplificaciones me parecen un insulto a la inteligencia y una falsificación culpable de la Historia. Yo opino que, antes como ahora, los creyentes de sincero corazón, consagrados y laicos, han ondeado la bandera del amor que Dios tiene a los hombres como único estandarte bajo el que convocar a quienes han sido enviados para ofrecerles la fe. Y opino que, ahora lo mismo que antes, la ponzoña que siempre acecha al corazón ha ganado la batalla en algunos presuntos testigos y los ha convertido en terratenientes de la fe, voceros de un falso reino en el que Dios vigila a la búsqueda del fracaso humano. Escribo lo que siente mi corazón tras releer el pasaje de Isaías de este domingo: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén, gritadle que se ha cumplido su servicio y que está pagado su crimen”. Consolar es consolar y no admite matices. La segunda vela del Adviento, que nos lleva en volandas hacia la Navidad, se estrena este domingo con ese encargo. Nos lo jugamos todo en esta vela, la del consuelo a los hombres. Nos jugamos entender a Dios, asentarnos en su Misterio, comprender el mundo y servir realmente a los demás. No resulta sencillo, porque no es un mecanismo espontáneo de nuestra personalidad derribar las resistencias interiores a esperar contra toda esperanza, la tendencia a juzgar, los cansancios que se traducen en faltas de respeto hacia otros, las desesperanzas que exterminan el pábilo ya vacilante. No es sencillo, pero eso es adelantar el reino de Dios.

Cuando los creyentes en Cristo le damos la vuelta a las cosas, cuando elegimos esperar mientras otros se desentienden de los problemas, cuando preferimos levantar a hundir, cuando escuchamos sin juzgar, cuando abrazamos en vez de señalar, cuando acompañamos más que dirigimos… cuando hacemos que triunfe lo improbable sobre lo pronosticado, es entonces cuando estamos preparando el camino a nuestro Dios. Cuando así lo hacemos, vamos de parte de Dios, actuamos como se nos ha pedido y no como apisonadoras. Los creyentes que son apisonadoras olvidan que lo importante no es el resultado, sino el camino: no sirve de nada que un hombre se arrodille ante Dios por pánico, por amenazas, por presumir, por distinguirse, por medrar, por conseguir, por hacer bulto. De nada, no sirve de nada. “Que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. Para conseguirlo, sólo la misericordia de Dios es el camino, porque nuestro encargo es reanimar, reconfortar, levantar, esperanzar, alentar, fortalecer. Serenar, apaciguar, calmar, vivificar, aligerar, suavizar. Y no permitir que entren las apisonadoras.

@karmelojph