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después del paréntesis >

Cuba – Por Domingo-Luis Hernández

   

Fue en mi tercer viaje. Por razones de índole administrativa, el acercamiento a la cúpula del Gobierno cubano sucedió y, aparte de una comida meritoria con el vicepresidente en una casona de Miramar, en La Habana, pudimos entablar conversaciones más o menos fluidas con quienes nos rodeaban. Accedieron porque así se despliega el gobierno dicho en esos casos. Luego, alguno policía, creí sospechar.

De modo que en uno de los paseos, camino de un ron o de un daiquirí, se lo comenté: ¿Qué hubiera ocurrido si España hubiera accedido a cambiar la Florida por Cuba? La chica respondió: “Que hoy nos llevaríamos mejor con los gringos”. Esa es la cuestión: tan cerca y, después de la Revolución, tan lejos.

No es repudiable afirmar, y desde cualquier perspectiva, desde la izquierda (cual es el caso) o para disgusto de las derechas hispanas, la española en su punto, que la Revolución Cubana es uno de los hitos de la moderna historia de Occidente. La puesta en dignidad e independencia de un país, pese a la presión del imperialismo, es una lección. Ocurre, sin embargo, que a poco que las sublevaciones se distraigan (cualesquiera, la cubana o la soviética), el rodillo infausto de los hombres pasa por encima de ellas. Cabe acaso llegar a la conclusión de que eso ha ocurrido en Cuba.

Desde la desaparición temprana de los verdaderos comunistas (el Che y otros) hasta pormenores que nos ponen en la puerta del delirio: el encierro de los ciudadanos comunes frente a los agentes del poder o la hoy siniestra división de clases, los pagados con pesos (todos los trabajadores del Estado, por ejemplo, de los maestros a los físicos nucleares) frente a los que les está permitido operar con pesos convertibles. Lo viví: un importante profesor de la universidad cobra unos 650 pesos, sueldo importante; la propina de 10 pesos convertibles que alguna vez dejé en el último viaje (de hace apenas un año) es más de la mitad de ese sueldo.

Algo ocurre, pues, allí, algo debe moverse. ¿Qué?

Por un lado es insólito que EE.UU. no participe (como Canadá, España, Italia, Francia, México…) en el desarrollo de Cuba; por otro, es hoy cuasi tétrico comprobar que en esa zona del mundo se enquiste un modelo político como Corea del Norte.

Es cierto que hasta este momento se arrastra un pasado dichoso para los triunfadores y uno atroz para los expulsados. Pero esa es la historia, como sabemos por cercanía: unos contribuyeron, pese a todo, a fijar el nuevo sistema (Alejo Carpentier) frente a los intrigantes contra el nuevo sistema (Guillermo Cabrera Infante).

Quedaba una solución: los intentos de los exiliados cubanos y de EE.UU. por desactivar el régimen o lo que el escritor cubano Antonio Benítez Rojo afincado en Massachusetts (entre otros lugares) me comentó en su momento: no la lucha entre hermanos sino un acuerdo de concordia.

El paso adelante de la administración Obama se nos antoja decisivo. La transición de Cuba tendrá lugar. ¿Hacia dónde se moverá, hacia los lugares siniestros de la actual Rusia, por ejemplo?

Es deseable que no, que la enseña ética del modelo que construyó la Cuba de la Revolución permanezca. Esa será otra lección. Que para bien sea.