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¿España o España? – Por Ramiro Cuende Tascón

   

El problema de España es España. Nuestra desconocida historia, y su falta de análisis, son una de las causas de nuestra inestable inexistencia. La cuestión no es Galicia, Navarra o Canarias, no es el lío de Cataluña, que resulta cargante por la incapacidad de la clase política de un lado, del otro y del resto, para poner, no imponer, algo de precisión. Lo cuerdo frente a una causa que huele a intereses; lógicos en el caso de los de ERC, si bien, el tufo de los demás habrá que quitarlo con jabón Lagarto. Una estrategia perversa, la realidad lo ha demostrado. Mientras iban adoctrinando al vulgo -30 años- en un catalanismo rancio, que hoy se torna en independentismo, en paralelo algún que otro prócer y señora, con sus enseñados vástagos en lo del monetizable orden final, se estaban mamando, perdón iban robando con sumo cuidado todo lo que se ponía a tiro. Lo mismo que otros en otras bandas de salteadores del país, pero en estas otras sin adornos democráticos, culturales y pseudo-éticos, para distraer a la ciudadanía, al tiempo que sus cleptómanos le daban gusto al cuerpo.

El asunto es complejo, pero tengo claro que en manos de estos Tancredos, no vamos a ninguna parte. Cada uno obra su papel, cual sainete de los Hermanos Quintero; Mariano hace del calmo “Estafermo”, Artur es el jefe de planta de unos grandes almacenes al que llaman “Masomenos”, y Oriol es el asustado espabilado “Menveneno”, y todos actúan en el Circo Toti, que es con diferencia un mundo mucho más serio que el que estos actores y sus políticas nos están haciendo disfrutar. Nuestra historia desde la Reconquista hasta nuestros días es una suerte de despropósitos. Allá por el año 723, los reinos cristianos muy poco a poco echaron de la Península a los musulmanes, con la tan española rebelión de Don Pelayo que duró siete siglos, hasta la conquista de Granada en 1492. Empezando por la boda de 1469 de Isabel I de Castilla, que se tenía que haber casado primero con Alfonso V de Portugal, alias el Africano, y, a la muerte de este, con Juan II, también de Portugal, al que llamaban el Príncipe perfecto, ambos de la Casa de Avís, de seguir enviudando, y caso de ser necesario terceras nupcias, esta vez con Manuel I el Afortunado, tres por uno, en vez de con Fernando II de Aragón. De haber sido así, no hubiéramos quemado ni judíos ni a moros, no hubiéramos sido tan católicos, habiendo resuelto los problemas nominales llamándonos Iberia. No hay otra salida que vivir de otra forma.