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María Callas – Por Luis Ortega

   

Nunca habrá otra voz como la suya, ni pasión igual por el canto, ni mayor perfección; fue única, la prima donna del siglo. Con este entusiasmo me habló Alfredo Kraus de “su noche inolvidable” del 27 de marzo de 1958 cuando, por primera vez, cantó con la Callas en el lisboeta Teatro de San Carlos, en una espléndida producción de La Traviata. Homenajeado en el Real en el XV aniversario de su muerte, el tenor canario formuló estos elogios en una larga entrevista para Radio Nacional y no se limitaron a las prodigiosas dotes de María Kalogeropoulos (1923-1977), sino también, y rompiendo estereotipos que la pintaron como una mujer caprichosa e insoportable, a su talante cordial y animoso “con un recién llegado al mundo lírico”.

Esta anécdota reforzó mi admiración por la soprano de origen griego y nacida en Nueva York, un mito de infancia y juventud crecido a través de los discos y las grabaciones de la televisión en blanco y negro, donde su extensa voz parecía reunir las tesituras y colores de sus coetáneas y competidoras -Elisabeth Schwarzkopf, Renata Tebaldi, Joan Sutherland,Victoria de los Ángeles, por ejemplo- y, ya en las tablas, sus dotes interpretativas rompieron con los moldes estáticos del género y, desde la calidad suma, contribuyeron decididamente a su renovación. La leyenda creció, y se mantiene incólume, tanto por el reconocimiento de su jerarquía -la crítica la considera la primera soprano desde que existen registros sonoros- como por su desdichada vida personal -un matrimonio fracasado con un empresario italiano y los malos amores con el contrabandista y naviero Onassis- y su prematura muerte en París por un fallo cardíaco. En una acción sin precedente, este otoño la Warner Classics lanzó al mercado la discografía completa de una estrella que, a los noventa y un años de su nacimiento (cumplidos ayer) y a los treinta y siete de su desaparición, lidera las ventas de música clásica. Son sesenta y nueve grabaciones -con todo el repertorio del belcantismo italiano, incluidas obras olvidadas de Rossini, Donizetti y Cherubini- remasterizadas en los estudios londinenses de Abbey Road, equilibradas las descompensaciones orquestales y corales, liberadas de ruidos ajenos, defectos y fallos de grabación en el prehistórico sistema analógico en aras de la perfección que persiguió y conquistó la estrella durante su exitosa carrera. Con una desconocida e impresionante Medea y el intenso dramatismo de la intérprete gloriosa que la rescató, comparto las aseveraciones de Kraus que abrieron la columna: Nunca habrá otra voz como la suya.