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Miguel González – Por Luis Ortega

   

De la marina eterna, solemne y plácida, a la erguida cordillera, de la fronda mágica a la desnudez de la planta y la flor, de la vista campesina a la urbana, del gesto arquitectónico, popular y culto, al ascético bodegón de frutos silvestres y potes de barro y al totémico pico nevado. Por estos itinerarios transita, con plena libertad, sin salirse jamás de los ámbitos de la excelencia; sin obediencia ni desprecio por las imposiciones de las modas pero, consciente de la hora, ejecuta laboriosas y netas composiciones; y, a la vez, hace guiños a los estilos que dieron favorables vestidos a la realidad -el regionalismo, el modernismo, por ejemplo- y al minimalismo, la más lúcida y lírica expresión de la humildad en las últimas décadas. Picasso habló de la calidad de los pintores en relación a “la cantidad de pasado” que llevan consigo.

Con notable cultura estética, en ese rumbo alientan las tareas de González, los maestros de la aguada desde el Renacimiento: el italiano Santi y el alemán Durero por la riqueza cromática; Van Dick por la valentía; Rosalba Carriera por el refinamiento; Sandby por la transparencia consubstancial a esta especialidad y el también británico Turner, por las escalas de la luz; el catalán Fortuny por la sensualidad; los americanos Homer y Sargent, por la diversidad temática; y Olivé, López-Montero e, incluso, nuestros Bonnin y González Suárez; en suma, todos cuantos afianzaron su fidelidad a la acuarela y, en la distancia admirada, le enseñaron sus claves, sintetizadas con ingenio y miles de horas de estudio, en un lenguaje propio. La última exposición del Círculo de Amistad prueba su indiscutible jerarquía en la pintura sobre papel en nuestras islas. Su obra revela, en primer lugar, su propia naturaleza; y su técnica -que, en ningún caso, pretende ser más notable que el asunto- propone el camino de los sentidos para llegar a la inteligencia; ofrece al espectador creaciones abiertas, dotadas de múltiples elementos esenciales, para que elija los que le sean más próximos o gratos a su carácter e, incluso, a sus estados de ánimo. Así no son sólo paisajes, marinas, naturalezas muertas o retratos; son impresiones profundas de un momento del día o de un instante del ánimo. Desde esa doctrina, siempre inteligibles y con calidad suprema, los cartones con espacios reconocidos y los innominados son retos de perfeccionismo sin petulancia, de mesuras y equilibrios sólo alcanzables con la paciencia y la administración de la sabiduría, de delicadeza sobre delicadeza y de humildad para no conformarse jamás con la obra acabada.