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después del paréntesis >

El muerto – Por Domingo-Luis Hernández

   

Una cosa me sorprendió sobremanera en la época en la que iba a un campo de fútbol: el nivel de violencia que se propagaba a mi alrededor. Nosotros, por lo general universitarios, sentados en nuestros sitios y un banco más adelante dos matrimonios que soltaban por la boca hacia el árbitro, hacia los jugadores propios y hacia los contrarios cuantos insultos es imposible reproducir. Recuerdo que cierta vez una de las mujeres se percató de mi cara descompuesta por lo que allí ocurría y se sintió obligada a explicar: “Yo no soy así”, me dijo, “pero es que el fútbol me transforma”. En efecto, en la vida real no cabía duda de que aquella señora fuera comedida, educada…, pero allí representaba la cara más siniestra del género humano: soez, grosera, racista, machista…

Y recuerdo otra ocasión, cuando viví en Buenos Aires: me ganó el deseo de acercarme a la Bombonera de Boca un día de partido. Era tal el estruendo que vi antes de comprar la entrada que desistí . El fanatismo y la barbaridad de los Barras Bravas, junto con los que no siendo Barras Bravas necesitaban imitarlos, así se prodigaba. Se dirá que por cobarde me retraje y es cierto. No me complace ni me comprometo a compartir un espectáculo tan abominable.

Pero eso es el fútbol, se dirá. No estoy de acuerdo. No es lo mismo asistir a un espectáculo deportivo en algunas zonas de Europa (Grecia, Italia, España…, que no Gran Bretaña, por más que se cite a los hooligans) que en EE.UU., por ejemplo. Allí se va a ver deporte y se aprecia el deporte porque se sabe qué es deporte; y asistes a participar del juego de tu equipo, a juramentarte con tu equipo aunque pierda por una paliza. Lo que ocurre en algunos lugares del mundo (zonas precisas de Latinoamérica, África, Europa…) es que el fútbol representa lo que encarnó el Circo Romano: el poder está en las gradas, y en esa guerra cruenta tú puedes decidir salvar o condenar a muerte.

Quiero decir: lo que esa manera de expresarse por el fútbol injerta hasta el tuétano es el primitivismo, nos adentra en los lugares más infaustos del conservadurismo, el fundamentalismo, la intransigencia. Un partido de fútbol no es un acto deportivo, es una batalla, y en las batallas se acaba con los enemigos, el aliento de los tuyos pegado al cuello. Y eso es lo que ocurre con muchos de los clubes de fútbol de España, que permiten (si no alientan) a grupos radicales en lugares precisos de las gradas: Frente Atlético, Riazor Blues, Bukaneros, Ultras Yomus… Y se distinguen en la monstruosidad por decirse de ultra izquierda o de ultra derecha, esvásticas, cantos fanáticos y demás en su punto.
Lo que en esas correrías tenemos es lo que en realidad algunos presidentes de clubes españoles piensan: que el fútbol está fuera del mundo, es otra cosa, se rige solo por sus propias leyes. Por eso no ha de sorprender que deban a Hacienda lo que le deben, que gasten más de lo que presupuestan o que estén obligados a manifestar comportamientos cívicos como cualquier otra entidad. No es raro, pues, que convivan con ellos los ultras. Son sus cuerpos especiales, sus Geos, mantienen la estaca en alto del club, como el guerrero dios Huitzilopochtli a los aztecas.

Por eso se citaron los del Frente Atlético y los Riazor Blues para pelear. Es su guerra, su guerra de verdad; van a exponer el poder, quien es más fuerte, quien ganará. Y en las guerras puede haber muertos; más aún, los hay.