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El muro de Berlín – Por Jaime Rodríguez-Arana

   

Estos días se está celebrando uno de los acontecimientos más relevantes de la historia de la humanidad. El veinticinco aniversario de la caída del Muro de Berlín. Un Muro que ocultó durante décadas un sistema de opresión y laminación de la dignidad humana de increíbles proporciones, tal como la historia certifica. Pobreza, ausencia de libertad, destrucción de la familia, engaño, simulación. Todo un glosario de delitos, ilegalidades, inmoralidades y desgracias que tantos millones de seres humanos hubieron de sufrir a manos de la dictadura comunista.

En este sentido, como es sabido, las investigaciones de la Universidad de la Sorbona acerca del libro negro del comunismo registran, para quien las quiera consultar, millones de muertos como consecuencia de la brutalidad de verdugos, que no merecen la consideración de seres humanos. Algunos llegaron a decir, en el colmo de la perversión, que la muerte de una persona era una tragedia pero que la muerte de millones simplemente era una cuestión estadística.

En estos veinticinco años transcurridos, sin embargo, el ingreso de los países satélites de la ex URSS en el espacio Occidental no ha traído la riqueza que se esperaba, sobre todo para la mayoría social. Tal y como ha señalado Havel, el ex presidente checo con ocasión del vigésimo aniversario, la nomenclatura antigua se ha encaramado de tal modo al poder que ha regresado, porque nunca lo abandonó, ahora con un nuevo rostro pero con los mismos métodos. Es verdad que la democracia y la economía de mercado han reportado evidentes beneficios al sistema político en estos países. Pero si nos centramos en el grado de satisfacción de la ciudadanía con las reformas encontramos emprendidas algunas paradojas.
En fin, las reformas en los países del Este de Europa no están, ni mucho menos, asentadas. El capitalismo salvaje que llega de Occidente y la ausencia de valores que hoy exhibe la vieja Europa explican hasta cierto punto que la recepción en el Oriente europeo de los principios del modelo democrático hayan llegado de forma descafeinada. Mientras Europa siga renunciando a sus raíces y no vuelva a la defensa radical de la dignidad del ser humano, del que es, del que está a punto de ser y del que va a dejar de serlo, es muy difícil que el viejo continente recupere el prestigio moral que una vez fue su principal seña de identidad.

Mientras tanto, la arbitrariedad sigue dominando un espacio público carente de humanismo y repleto arbitrariedad. La responsabilidad de la Unión Europea es tan grande como pequeña la estatura moral de los líderes que la dirigen.

Esperemos que vaya resurgiendo una nueva aventura europea en la que los valores del humanismo abierto y de la centralidad de la dignidad del ser humano vuelvan a brillar con luz propia.

*Catedrático de derecho administrativo.