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Primavera y primaveras – Por Rafa Muñoz Abad

   

Si alguien aún lee esta columna ya sabe lo poco amigo que soy del término primavera con el que los adoradores del todos somos iguales calificaron los sucesos iniciados en la cornisa norteafricana a partir del año 2010. Sintetizar los movimientos sociopolíticos acontecidos desde Rabat a El Cairo en una columna semanal es una obra inabordable. Razón por la que acuño el término Plan Renove. En resumidas cuentas, una patada a seguir que a occidente le vino muy bien para que unos regímenes tradicionalmente dóciles, proclives y ya amortizados, aparentemente “evolucionaran” hacia esa memez de libertad y laicismo en sociedades vertebradas en torno al paternalismo religioso.

Los Ben Alí o Mubarak no iban a durar toda la vida. Marruecos es el soplón de Washington en la zona y al tito Gaddafi, aprovechando que se volvió “bueno”, mejor era jubilarlo ya. Rascando un poco más, encontramos que Egipto es una pieza de valor incalculable que a cualquier precio había que mantenerlo gobernado con un nuevo rais títere; que Túnez carece de peso estratégico alguno y si allí florece el laicismo árabe -notable contradicción-, ¿pues a quien le importa? ¿Y por qué no en Argelia o Marruecos? Túnez cuenta ya con varias generaciones de universitarios formados en el laicismo de la ex metrópoli francesa y eso ha generado un substrato social que ha permitido florecer unos comicios reales. Parece que así es. Argel, gigante militar y petrolero del Magreb, y pieza clave en la estabilidad de la zona de cara al integrismo, no termina de posicionarse como el líder natural que debería ser en una región donde las relaciones económicas este-oeste casi son irrelevantes. Su papel de contención, de manera antinatural que no ineficaz, la viene ocupando hasta ahora Marruecos. Reino que supo adelantarse a las revueltas y de las que su monarquía salió reforzada. Y de Libia y su deriva hacia un estado fallido, caldo de cultivo del islamismo, mejor no hablar. A los primaveras les digo que esto es un puzle complejo donde se aúnan los intereses occidentales y la eterna promesa de un renacimiento árabe que, siendo generoso, tardará muchas generaciones en cristalizar.

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