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El problema social – Por Leopoldo Fernández

   

Las cifras son aterradoras: más de 600.000 canarios se encuentran en exclusión social desde el comienzo de la crisis económica en 2007; de ellos, 230.000 protagonizan un proceso de exclusión severa y sobreviven con apenas 307 euros mensuales. Así consta en el Informe sobre la exclusión y el desarrollo social en Canarias en 2013, elaborado por la fundación Fomento de Estudios Sociales y Sociología Aplicada a solicitud de Cáritas. Esto quiere decir que la situación es hoy peor que hace un año, ya que los efectos de la crisis se han agudizado a lo largo de 2014. Y que el consiguiente problema social, tal como lo contempla la citada ONG vinculada a la Iglesia Católica, refleja la injusta posición de un numeroso grupo humano que lucha para cambiar sus condiciones de vida y mejorarlas de acuerdo con las exigencias del bien común.

Siendo la persona el objeto y fin de toda vida social, no se comprende que los poderes públicos no trabajen con los medios a su alcance para que todos los ciudadanos dispongan de unas condiciones de vida dignas, una especie de mínimo vital de subsistencia. Sólo un 29% de los hogares canarios -el 26% de la población- tiene cubiertas sus necesidades básicas; es decir, un 71% presenta carencias destacadas y desigualdades evidentes que no pueden ser paliadas con ayudas, subvenciones y prestaciones públicas o de asociaciones sociales. Tal vez por esta razón un 22% de las familias ha dejado de comprar medicamentos porque carecen de recursos económicos para poder hacerlo. ¿Cómo permanecer insensibles ante una situación tan adversa? No se puede negar el esfuerzo de las autoridades para disponer recursos públicos con destino a las familias en paro y más desfavorecidas. Tampoco deja de ser significativa la ayuda que prestan algunas ONG, lo mismo que familiares y vecinos de muchos de los más afectados por la crisis, ya sea por vía alimentaria o por otros medios compensatorios. Pero nada es bastante para atender a los más desfavorecidos de la sociedad. Más que caridad, falta un mejor reparto de la riqueza, una ofensiva en toda regla en favor del empleo, un mayor espíritu solidario, una sustancial reducción de las desigualdades económicas y un auténtico sentido de la justicia social entendida como el bien de la comunidad política.