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Rafael Cansinos – Por Luis Ortega

   

A lo largo de este año que finaliza y, de modo insistente, desde el pasado mes de junio, busqué algún recuerdo o gesto sobre un escritor irrepetible sepultado en el horizonte gris que fabrican y transmiten los mediocres. Nada. Ni en su añorada Sevilla, donde vio la luz hace exactamente ciento treinta y dos años, ni en la bulliciosa Madrid, donde residió desde la adolescencia, se gastaron letras en su homenaje, cumplido en este 2014 el medio siglo de su muerte. Me compensó del injusto olvido un encuentro casual y grato por ende, con Fernando de los Ríos -lector voraz, exquisito crítico y docente apasionado- que animó la espera de una consulta médica. Hablamos de los fantasmas literarios que tienen garantizada la eternidad en tanto un hombre, sólo un hombre -como en el episodio bíblico de Lot- les deba gratitud por los hermosos momentos compartidos o, simplemente, los guarde en su memoria. En la dicotomía de sus raíces sefarditas y su rígida educación católica, Rafael Cansinos Assiens (1882-1964) optó por la raza proscrita cuya reivindicación mantuvo junto a su vocación hasta el final de sus días. Se estrenó como narrador, poeta y ensayista en publicaciones de la influyente Generación del 98 y transitó luego, con entusiasmo y fidelidad por los ismos que la sucedieron; brilló en los ámbitos modernistas y fundó, con Vicente Huidobro, el ultraísmo que, por la marcha del lírico chileno, lideró después. En 1914, el año de la Gran Guerra, publicó su primer libro -El candelabro de los siete brazos- compuesto por salmos de extraña suntuosidad. Animador de las vanguardias colaboró en todas las revistas que apostaron por la renovación y fue el alma mater de Ultra entre 1921 y 1922. Dejó el periodismo que lo mantenía, para dedicarse, con auténtico riesgo, a la creación, la crítica literatura y las traducciones, faceta en la que adquirió un extraordinario prestigio; mantuvo estrechas relaciones con Guillermo de Torre, Xavier Bóveda, Adriano del Valle y el gran Jorge Luis Borges que, tan parco en sus afectos estéticos, consideró a Cansinos como “el auténtico maestro español de la época”. Represaliado tras la Guerra Civil, se refugió en las versiones de autores clásicos y contemporáneos para la editorial Aguilar, complementados con ensayos introductorios de gran calidad que lo calificaron como un humanista providencial para un país devastado e incómodo para la casta cultural que, acomodada con la dictadura, amargó el exilio interior de cuantos no pudieron salir de la España azul y dejaron pese a la persecución una deslumbrante e insuperable bibliografía.