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Recuerdos de un tal vez – Por Indra Kishinchand

   

Una vez entendí que se podía ser feliz aun cuando llorabas; nunca más lo he vuelto a comprender. Puede que sea una de esas verdades que olvidas al alcanzarlas, porque es mejor seguir adelante viviendo entre las mentiras que nos contamos cada noche que con certezas podridas de amargura. Pero al despertar siempre necesito unos segundos para reflexionar si lo que acaba de suceder es sueño o realidad. En la mayoría de las ocasiones llego a la misma conclusión: ojalá hubiera ocurrido. La putada (disculpen el vocablo pero no creo que exista ninguno mejor para definir este sentimiento) es que suelo recordar más esos momentos que aquellos que llamamos “de verdad”.

No importa los años que pasen o las arrugas que tengan mis manos de tanto escribir, no hay marcas que indiquen todo lo que he soñado y no ha sucedido. Dicen que aún no existe forma humana de trasladarse a esas situaciones, pero estaría dispuesta a buscar métodos extraterrestres para conseguir, nunca mejor dicho, mis pesadillas. Eso decía yo entonces. Ahora prefiero no recordar al despertar. Como si fuera una elección, como si pudiera decidir abandonar aquello que te lleva el corazón hasta la garganta y te paraliza hasta los miedos. Como si fuera posible ignorar que todo lo que no has sido se manifiesta en el instante que menos crees ser alguien. Como si soñar fuera un desconocido. Ahora sé que hay amores que jamás se superan y yo siempre me quise casar con las palabras; quizá algún día; en algún sueño.