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Sentimientos y futuro – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

En relación al mensaje navideño del nuevo Rey, la noticia ha sido que recuperó el interés de la audiencia y registró una media de 8,2 millones de espectadores, convirtiéndose así en el mensaje navideño real más visto de los últimos seis años. No obstante, si tenemos en cuenta las circunstancias del caso, habría que matizar estas cifras. En primer lugar, sobre el mensaje planeaba la incógnita morbosa de si haría alguna alusión, siquiera indirecta, a la situación procesal de su hermana. No hizo ninguna, y no habría estado de más que hubiese repetido aquella afirmación retórica -e increíble- de su padre de que la Justicia es igual para todos. Por otra parte, en segundo lugar, la propia novedad de ser el primer mensaje navideño del nuevo Rey contribuyó, por sí sola, a concitar un mayor interés sobre lo que iba a decir; aunque la broma de algunos de que la audiencia habría sido superior si el discurso lo hubiera dado el pequeño Nicolás, lamentablemente es verdad. La objeción de que no había otra cosa que ver en la televisión a esa hora no tiene valor comparativo, porque lo mismo ocurría en el caso de los mensajes navideños del anterior monarca.

En cuanto al contenido del mensaje, tuvo la virtud de conservar la brevedad de los últimos años, y se mantuvo en torno a unos diez minutos y unas mil seiscientas palabras. Se vertebró en torno a tres temas recurrentes, que se supone son los tres grandes problemas actuales de España: la corrupción, la cuestión catalana y la crisis, con una continua reivindicación de la Constitución y del Estado de Derecho como únicos garantes de la democracia. Pero, en contra de la costumbre de don Juan Carlos, y de lo que hubiera sido deseable, no aludió para nada a las fuerzas armadas ni a los cuerpos y fuerzas de seguridad, ni siquiera a los que cumplen misiones en el extranjero. Tampoco se refirió a los miles de españoles que han tenido que emigrar para buscar trabajo ni a los profesionales que esa noche debían trabajar. Y por lo que atañe a los tres asuntos abordados, el mensaje consistió en un conjunto de lugares comunes y trivialidades previsibles, en la línea de los discursos de su padre. Posiblemente el jefe del Estado no puede ir más allá de ese nivel, pero no deja de ser frustrante.

Estamos acostumbrados a que el Rey -el actual y el anterior- no diga nada, salvo obviedades, y a que su única comunicación con la ciudadanía sea su mensaje de Navidad, un breve texto repleto de tópicos, buenas intenciones y expresiones políticamente correctas, al que el Gobierno, algunos partidos y los medios se afanan en buscar una trascendencia que no tiene. Sin embargo, eso no significa que el monarca siempre tenga que limitarse a un guión tan anodino. Propugnar una regeneración democrática genérica como fórmula contra la corrupción, con el consabido mantra añadido de que la mayoría de los políticos son honrados (el problema es que los partidos no lo son), y apelar a los sentimientos para defender un futuro común con Cataluña, no parecen recetas que a estas alturas sirvan para nada ni tengan la menos virtualidad práctica. Y recordar que hay datos macroeconómicos positivos, si bien sus efectos no han alcanzado a las economías familiares, no añade nada nuevo.

A su vez, las valoraciones del mensaje por los partidos se han mantenido dentro de la línea previsible de banalidad y defensa de las propias posiciones. Artur Mas ha celebrado que el monarca reconozca que existe un problema con Cataluña porque, ha dicho, reconocer un problema es el primer paso para intentar solucionarlo. Los nacionalistas vascos han lamentado la ausencia de referencias a la problemática vasca. Los socialistas se han apresurado a señalar que el mensaje reconoce que la crisis no ha sido superada y defiende el Estado del bienestar. Izquierda Unida lo ha descalificado en su conjunto por decepcionante y le ha negado validez. Y así sucesivamente. A pesar del bajo perfil de sus intervenciones públicas, el Rey no está de adorno o de florero protocolario, y la Corona es una institución del Estado que tiene delimitadas constitucionalmente sus funciones y competencias. En concreto, el monarca arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones y es el símbolo de la unidad y permanencia del Estado. Como símbolo de la unidad y permanencia del Estado, y, por consiguiente, como garante del orden constitucional, hay que exigir a la Corona que no permanezca en silencio ante las proclamas que persiguen la destrucción de ambos. Eso sería una flagrante -y culpable- dejación de funciones.

En ese sentido, hemos de recordar que, el año pasado, al poco interés y escasa cuota de pantalla del último mensaje navideño de don Juan Carlos se unió la mayoritaria opinión negativa de los encuestados en los sondeos de urgencia llevados a cabo por algunos medios en la calle y en las páginas web. Consideraban estos ciudadanos que el monarca había sido excesivamente suave y poco concreto en sus alusiones a la renovada ofensiva soberanista -independentista- del Gobierno catalán, a sus amenazas al Estado y a su desprecio por la Constitución. Este año el nuevo Rey ha apelado a los sentimientos para defender un futuro común con Cataluña. No parece que hayamos ganado mucho. El problema es que se ha dejado que las cosas lleguen tan lejos que poco más se puede hacer.