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Sin medias tintas – Por Fran Domínguez

   

Siempre pasa lo mismo en este país donde solemos tropezar más de dos veces con la misma piedra. Nos echamos enseguida las manos a la cabeza cuando ocurren hechos execrables, como los sucedidos el pasado domingo en la capital de España entre hinchas radicales del Atlético de Madrid y el Deportivo de La Coruña, con el lamentable saldo de una muerte. Ponemos el grito en el cielo, condenamos este tipo de conductas, se apela a la cordura, al sentido común, se reúnen comités antiviolencia, y bla, bla, bla…, para luego olvidar las cosas con demasiada celeridad. El problema de la violencia en el fútbol viene de lejos y si no se toman medidas contundentes y finalistas se va a volver a repetir. Mañana, pasado, dentro de un mes, de un año. Se sabe quiénes son los cafres que se dedican a hacer el homo erectus en los campos y fuera de ellos, porque encima están organizados en grupúsculos donde al socaire de la masa y del anonimato sacan pecho. Se trata de una obviedad, pero resulta bueno repetirla, igual convirtiéndola en letanía se cumple: hay que ser intolerantes con los intolerantes y erradicar de unas vez por todas y desde la misma base estos comportamientos, más propios de descerebrados que de aficionados al fútbol o a cualquier otro deporte. Me apena, porque lo he vivido, ver a padres -perdón, energúmenos- gritar a un hijo por no llegar a un balón que se escapa por la línea de banda, incluso increpar a niños del equipo contrario. Las medias tintas no tienen lugar en estos casos y eso es responsabilidad de todos.

El partido entre madrileños y gallegos debería haberse suspendido, por mera sanidad deportiva. No cabían las excusas de pasarse el balón entre la Liga de Fútbol Profesional, la Federación Española y los presidentes de los respectivos clubes: suponen un insulto a la más mínima inteligencia. Ver las imágenes que grabaron los videoaficionados del enfrentamiento paleolítico en la ribera del Manzanares más que indignar da pena, mucha pena. Quedar un domingo por la mañana para irse a dar de hostias hace que uno piense que no hemos avanzado nada, que algo falla en una sociedad como la nuestra.