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Violencia deportiva – Por Leopoldo Fernández

   

La muerte violenta en Madrid de un seguidor del equipo de fútbol del Deportivo de la Coruña, tras una multitudinaria batalla campal con aficionados del Atlético de Madrid después de una cita concertada para pelearse, no debe ser presentada como una cuestión ajena al deporte, según pretenden autoridades gubernativas y dirigentes de clubes. Guste o no, la pasión desmedida, el radicalismo y la violencia con que se comportan distintos grupos extremistas de hinchas no surge por generación espontánea; se trata más bien de la natural consecuencia de tanta complicidad y connivencia impúdica entre algunas juntas directivas y los seguidores más distinguidos a la hora de apoyar a los equipos en las competiciones deportivas. Este maridaje -que algunos clubes grandes, como Real Madrid y FC Barcelona desactivaron hace unos años- es el verdadero culpable de que los insultos, conflictos y agresiones iniciados en los estadios hayan pasado a la calle. No se puede hacer la vista gorda cuando unos pocos individuos acuden a las canchas deportivas provistos de bates de béisbol, navajas, piedras, cadenas de hierro, petardos, botellas de cristal, bengalas y otros artículos con fines inconfesables.

Quienes así obran no son los buenos aficionados, ni tampoco los admiradores que acuden a los recintos deportivos a distraerse y disfrutar con la disputa de un partido que su equipo puede ganar o perder ya que, al tratarse de un juego, su resultado no viene determinado de antemano. En el fondo, los que arman jaleo son fanáticos, energúmenos, salvajes, ultras o resentidos sociales capaces de enfrentarse violentamente a los seguidores de otros equipos y descargar sobre ellos, con la mayor vehemencia, pasiones, frustraciones y furias. A las autoridades gubernativas y a los dirigentes deportivos corresponde, en sus ámbitos respectivos, el riguroso control de estos extremismos y la erradicación, sin contemplaciones, de cualquier atisbo de violencia en los estadios y en el espacio público, en beneficio de la seguridad ciudadana y de una convivencia ordenada y pacífica. La prevención policial, la dureza y ejemplaridad de las sanciones, así jurídicas como administrativas, y una mejor educación cívica y deportiva deben ser los mejores antídotos contra la violencia en el fútbol.