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Al descubierto – Por Miguel L. Tejera Jordán

   

No hace mucho, la Sexta TV publicó un espléndido reportaje, de la marca Jordi Évole, en el que un veterano periodista español, destinado desde hace años en El Líbano, contaba cómo occidente es, para el integrismo islámico, como una casa cuyas puertas y ventanas están permanentemente abiertas, de par en par. De tal manera que quienes quieren causar daño dentro de dicha casa tienen en sus manos toda la información disponible sobre sus ocupantes, sus medidas de seguridad, su régimen de funcionamiento doméstico y un largo etcétera. Occidente es, para los yihadistas fanatizados, como un perfecto libro abierto, en el que pueden leer todo lo que necesitan saber sobre nuestras virtudes y nuestros defectos, sin contrapartida. Saben que nos gusta la libertad de información. Que respetamos todas las opiniones, de todos los signos políticos y de todas las confesiones religiosas. Saben que somos tolerantes y respetuosos con todos los que se nos acercan. Y que, por tanto, resultamos la mar de vulnerables. Y de semejante vulnerabilidad se aprovechan para destruir lo que tantos nos ha costado fabricar. Atacan y tienen éxito en sus acciones porque conocen nuestros puntos flacos. Porque nuestros códigos éticos y nuestra legislación es permisiva. Porque nuestros valores democráticos ofrecen flancos débiles, en los que la dinamita puede causar verdaderas catástrofes. Los terroristas islamistas (no confundo conceptos y no involucro en el fenómenos al Islam, con mayúsculas, un credo que siguen respetuosamente millones de seres humanos pacíficos y buena gente) asesinan en Francia y en España, en Estados Unidos y en Siria, en Irak, en Afganistán, en Libia. Pero también en Reino Unido, en Alemania, en cualquier lugar del planeta. Matan a occidentales, pero también acribillan y degüellan a sus propios paisanos. Ahí tienen al grupo Boko Haram, en Nigeria, en África, cuyos integrantes disparan a mansalva a niños, mujeres, hombres y ancianos. Es el terror por el terror. Pero plantean un gravísimo reto: no sabemos de ellos nada. O casi nada. Sólo que hablan de Alá y mencionan su sagrado nombre con fines que nada tienen que ver con el paraíso. Están dentro de una sociedad desconocida para occidente. Sólo sabemos de sus países lo que nuestros gobiernos y nuestra prensa nos cuentan. Pero nos cuentan demasiadas cosas, la mayoría de las cuales no resultan ciertas y sólo sirven para alimentar las fobias. Me resisto a creer que el radicalismo, el fanatismo de unos pocos, está alentado por la mayoría. Creo que el pueblo del Islam está al margen de esta política perversa. Como la mayoría de occidentales no estamos al corriente de las perversiones de nuestros propios gobiernos. Aquí hay tongo. Pueblos que sufrimos la violencia y dirigentes que la fomentan y la generan. Tal vez en los dos bandos. Tal vez en el Este. Tal vez en el Oeste de este globo terráqueo que está siendo ganado, conquistado por una iniquidad universal…