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Algur H. Meadows – Por Luis Ortega

   

El financiero tejano no halló petróleo en la Península Ibérica pero descubrió la vida y cultura española que transformó en pasión personal, orientada especialmente hacia la pintura del Siglo de Oro. Inició su selecta colección en la posguerra y, ya en 1965, la mostró en Dallas, donde radicaban sus empresas y mansión familiar. El Museo Meadows abrió sus puertas con un centenar de títulos que unía a los maestros barrocos -Velázquez, Ribera, Murillo- con los representantes de las vanguardias de entreguerras -Pablo Picasso, Juan Gris, Joan Miró, Salvador Dalí- y que tuvo un colosal éxito de público. Cincuenta años después la fundación de Algur H. Meadows (1899-1978) goza de buena salud económica y de gran prestigio internacional,  mediante convenios con la primera pinacoteca española y otros centros europeos; además, ha triplicado sus fondos y es el referente máximo del arte hispano en los Estados Unidos. Según su director, Mark Roglán, la fascinación del petrolero por la plástica del XVII “nació durante una larga residencia en el Hotel Ritz que sólo abandonaba para recorrer las salas del Museo del Prado”. Entonces hizo las primeras compras sin reparar en precios “y siempre que respondieran a un estándar de calidad que mejorara los fondos existentes en Estados Unidos”. Además de la dotación de su creador, otros millonarios de su círculo de amistades buscaron la fama con aportaciones tanto en metálico como en adquisiciones de firmas reputadas que completaron las lagunas del periodo clásico y, sobre todo, de las seis últimas seis décadas, con trabajos de Antoni Tapies, figura cimera a caballo de las dos últimas centurias; de los miembros del grupo El Paso, que rompió las barreras de la estetica española; del versátil catalán Jaume Plensa, con esculturas, pinturas y grabados; del balear Miquel Barceló, el creador actual de mayor proyección, y del escultor madrileño Juan Muñoz, dueño de una poética espacial alejada del influjo de los vascos Oteiza y Chillida, también representados en sus fondos. La última adquisición es un retrato de Mariano, nieto de Francisco de Goya, una de las últimas telas del aragonés, del que se guardan cinco óleos. Ubicado en un edificio de estilo georgiano con seis mil metros cuadrados de planta, el próximo año acogerá dos muestras temporales con las colecciones de Juan Abelló y la Casa de Alba para conmemorar el cincuentenario de una labor encomiable como es la divulgación de nuestro arte en la nación más rica y poderosa del planeta.