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El caso Curbelo – por Francisco Pomares

   

Otra encuesta de Celeste-Tel, esa empresa que parece haber monopolizado la prospección electoral en Canarias, nos revela que Casimiro Curbelo obtendría mejores resultados en La Gomera si se presentara en solitario que haciéndolo bajo las siglas del PSOE. Vamos a suponer que el pronóstico sea certero, y pensar que -incluso para alguien con una proyección pública nacional cuando menos polémica, como Curbelo- las siglas del PSOE se han convertido en un lastre y no en un factor de empuje. Si eso fuera así, mientras el PSOE deshoja la margarita ética de si Curbelo debe o no ser apartado de sus candidaturas, más por haber salido en los periódicos en un escándalo con sauna de fondo que por su imputación en el caso Telaraña, lo cierto es que es el propio Curbelo quien de verdad tiene la sartén por el mango en la Isla. Porque si se presenta bajo las siglas de ese partido que al parecer tiene ya registrado

-el Partido Socialista Gomero-, el PSOE de Pedro Sánchez casi desaparecería en una isla donde hoy cosecha elección tras elección la mitad de los votos. El caso de Casimiro Curbelo es paradigmático para ilustrar el nivel de estulticia, falsedad y cobardía -a partes iguales- que define el discurso oficial del nuevo PSOE. Curbelo lleva desde la prehistoria ejerciendo el poder en La Gomera, una isla donde la política es tan clientelar y tan a pie de obra como en cualquier pueblo pequeño. En ese tiempo, el aprecio político de los gomeros por Curbelo no ha menguado.

En 30 años de ejercicio del poder, ha sido denunciado unas cuantas veces, ha tenido conflictos con vecinos, con otros poderes de la Isla y con su propio partido, y se ha convertido en el principal patrón de La Gomera. Sin duda, es un personaje con luces y sombras, un genuino representante de ese socialismo pegado a las necesidades y preocupaciones del común, un tipo rijoso y duro como el pedernal, con el que es mejor llevarse bien en La Gomera, y al que Twitter y otros sucedáneos de la política virtual se la traen al fresco. Pero fue un caso probado de abuso de autoridad policial, trasformado por el periódico El Mundo en un mediático escándalete prostibulario, lo que desató la hipocresía de los suyos (y suyas), y le obligó a dejar el Senado en uno de los juicios paralelos más siniestros y repugnantes de los últimos años, al que los suyos (y suyas) se sumaron encantados. Ahora Ferraz anda pensándose si aguanta el feo de llevarlo en sus listas. Y Curbelo sigue a la espera de la decisión. Un tipo curioso este Curbelo: otros habrían mandado ya a Ferraz al carajo.