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Conspiraciones – Por Saray Encinoso

   

Murió de un tiro en la sien un día antes de presentar las últimas pruebas sobre un caso al que le había dedicado diez años de su vida. Alberto Nisman era el fiscal encargado de investigar el ataque contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA)en Buenos Aires, que en los años 90 se cobró 85 víctimas mortales, que sigue siendo el peor atentado de la historia del país y que todavía hoy no está resuelto. El lunes estaba previsto que acudiera al Congreso con nuevas pruebas que demostrarían que el gobierno argentino -incluida su presidenta Cristina Kirchner- había “fabricado la impunidad” de algunos de sus autores, cargos iraníes que la Interpol tiene en busca y captura desde hace años y que están acusados de colaborar en el ataque que, también se supone, perpetró el grupo terrorista Hezbolá. El gobierno argentino había firmado en 2013 un memorándum de entendimiento con el iraní por el que los sospechosos eran borrados de la lista roja de la Interpol -y podían salir de su país sin miedo a ser extraditados- a cambio de prebendas económicas como petróleo. Nunca pudo demostrarlo. Sus escoltas tenían que recogerlo en su domicilio el domingo por la mañana, pero nadie abrió la puerta. Acompañados de la madre del fiscal y de un cerrajero, se encontraron, horas más tarde, con el triste desenlace: el cuerpo de aquel hombre de 51 años, separado, con dos hijas, que había reconocido que recibía amenazas de muerte, estaba en el baño de su piso, sin vida, obstruyendo la puerta.

La historia de Nisman cumple todos los requisitos para ser la trama de una novela, una película o hasta una serie de televisión. Antes de que los forenses hubiesen tenido tiempo de hacer la autopsia, el ejecutivo ya había insinuado públicamente que todo apuntaba al suicidio. La sospecha era inevitable. Escribía el lunes el escritor y periodista Martín Caparrós que muy pocos argentinos creen en el suicidio y que, en todo caso, hablan de suicidio inducido por razones políticas. Se dice también que lo mató un comando iraní, que fueron agentes de inteligencia despedidos la semana pasada para desestabilizar al gobierno o, incluso, sí, que fue el propio gobierno, que llevaba días calumniando al fiscal por su trabajo y que no podía permitir que las escuchas que incriminaban a la presidenta salieran a la luz. Pero, sobre todo, la muerte de Nisman contiene todos los ingredientes para que la parte más rancia de la izquierda, propensa a encontrar conspiraciones por doquier (lo acabamos de ver con Charlie Hebdo), pueda ponerse, con más o menos acierto, a ello. Qué mala suerte que la Casa Rosada sea peronista, o socialista, o de izquierdas. Qué mala suerte que sea uno de los nuestros.

@sarayencinoso