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Daniel Béresniac – Por Luis Ortega

   

Su hijo dudó de la viabilidad del proyecto pionero de Díaz Marijuan de reactivar la memoria de un hombre singular, un humanista para tiempos inclementes, miembro de una familia rusa instalada en Francia, perseguida y masacrada durante la II Guerra Mundial. Pero, Ariel prologó con alegría el número monográfico de Cultura Masónica (Año IV-Número 16) que enumeró y calificó el corpus literario de un sabio empírico, un autodidacta que estudió por cuenta propia la filosofía, sobre todo en las vertientes sociales, y el psicoanálisis como explicación de conductas y no como solución de patologías; un políglota que aprendió y enseñó en cinco lenguas europeas, además del hebreo, el cananeo y todas las derivaciones contemporáneas del yiddish. En el ajustado recorrido biográfico se concede especial relevancia al oficio de editor, herencia familiar que el voluntarioso Daniel -un comunicador excepcional- llevó a cotas de excelencia. La admiración del coordinador de la edición, y director además de la revista, Valentín Díaz, fue decisiva para este logro sin antecedentes ni parangón sobre un pensador que, como tantos otros, por las reducciones mediocres de las sociedades cansinas, cargan con injustos sambenitos. Estamos ante un estudio coral de referencia (con colaboraciones de José Luis Cobos, Amando Hurtado, Javier Otaola y Joan-Francesc Pont) que, sin petulancias ni incitaciones dogmáticas, nos presenta una personalidad lúcida, brillante, generosa y fuerte, alejada de circunstancias mezquinas, que compaginó la objetividad y libertad de criterio con los ideales de la francmasonería a la que sirvió siempre, en la que, contra su voluntad, alcanzó los grados máximos y de la que fue, sin duda, su más inspirado, sólido y ameno teórico. Los análisis y opiniones sobre sus principales ensayos alumbran, desde distintas ópticas e, incluso, estéticas, la dimensión y rumbos de su pensamiento y su erudición sobre la historia y los ritos; la relación completa de su bibliografía abre una ventana imprescindible para contemplar la historia contemporánea desde una ética castigada por la ignorancia y el miedo, tan alérgicos siempre a la luz.

De vuelta de una intensa carrera profesional, como corresponsal de televisión en la Europa del Este, la gran Rusia o las Américas, Díaz pudo compartir la ética y la perspectiva de alguien que caminó entre la razón y el misterio. “El futuro es un asunto de moda desde la noche de los tiempos”, escribió. “El mañana es el lugar de todos los posibles, de todas las expectativas y de todos los miedos. Encierra la promesa y la amenaza”.