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La dignidad del ser humano – Por Jaime Rodríguez-Arana

   

La historia de la humanidad, preñada de luces y sombras, demuestra que la dignidad humana en ocasiones ha estado supeditada al dominio de los fuertes. La esclavitud en todas sus formas, las torturas, y toda clase de discriminaciones han jalonado muchos períodos de la vida del ser humano en este mundo. Hoy, a pesar de estar en el siglo XXI y de que existen muchas Normas jurídicas internacionales y nacionales que prohíben los tratos inhumanos o degradantes para las personas, es una vergonzosa realidad que convivimos con expresiones, más o menos sutiles, de lesión y laminación de la dignidad del ser humano. Racismo, xenofobia, trata de personas, asesinatos de periodistas, explotación laboral de niñas y niños, condiciones laborales vejatorias y abyectas, ablación de clítoris a las mujeres, eliminación de seres inhumanos a los que por la enfermedad no se juzgan útiles o a quienes sencillamente no se deja llegar a ser constituyen, entre otras, expresiones de la actualidad de una lucha que en los últimos tiempos, a pesar del paso del tiempo, de las innovaciones científicas y del desarrollo tecnológico, es cada vez más necesaria.

El imperio del mercado, sin límites ni controles, llega incluso a dar por bueno, en algunas latitudes, que se comercie con las personas. Se autorizan transacciones que tienen como objeto contractual, quién lo podría pensar, a las personas. Ahora, en España, a pesar de que la maternidad subrogada está prohibida por la Ley, se acaba de anunciar, en el colmo de la erosión a la dignidad humana, la compraventa de los llamados vientres de alquiler. Es decir, se pretende reconocer en nuestro país los efectos del tráfico mercantil en relación con la mujer y su cuerpo y el niño por nacer o ya nacido.

Cuando se lesiona de tal forma la dignidad humana saltándose a la torera las más elementales reglas de la ética, es momento de levantar la voz y reclamar de nuevo que se proteja la dignidad humana y que los contratos versen sobre cosas y no sobre personas pues tal práctica nos retrotrae a momentos de la historia en los que la esclavitud se toleraba y las tratas de seres humanos campaban a sus anchas. Por la sencilla razón de que la dignidad del ser humano brillaba por su ausencia pues se consideraba como las cosas, objeto de la transacción, materia de los contratos. Hoy, parece mentira, de nuevo hay que proclamar a los cuatro vientos que las personas tienen derechos inherentes a su condición de ser humano que son innegociables.

Ahora, en el siglo XXI, en el marco de una crisis general que golpea a los más necesitados, de nuevo los fuertes pretenden sacar tajo. También con la maternidad subrogada. Una nueva forma de explotación que lleva a mujeres con dificultades económicas en el llamado tercer mundo a alquilar su cuerpo y vender al hijo a personas con recursos de los países desarrollados. Legitimar tales prácticas, así como las diferentes formas de esclavitud, más o menos sutiles de este tiempo, no debe pasar inadvertido. La dignidad de la persona y de las condiciones de vida es, hoy, quien lo podría imaginar, una asignatura pendiente en la que queda mucho trabajo por hacer y muchas denuncias que plantear.

*catedrático de derecho administrativo jra@udc.es