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después del paréntesis >

Ferrer – Por Domingo-Luis Hernández

   

La canción dice: “Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao… / No ves que va la luna rodando por Callao, / que un corso de astronautas y niños, con un vals, / me baila alrededor… ¡bailá, vení, volá”. Lo que rezuman esas palabras es el tango en su más absoluta conmoción. Está Buenos Aires, que sostuvo al tango-canción, y está el lunfardo que da fundamento al tango-canción.

Corría el año 1969. Horacio Ferrer ya había colaborado con Astor Piazzolla un año antes en la operita María de Buenos Aires. Así es que de nuevo a él acudió. Traigo esto: “Ya sé que estoy piantao”. “¿Cómo sigue?”, preguntó el gran paradigma del bandoneón. “Seguirá”. Y siguió. Con la punta de originalidad que Piazzolla recomendó: los recitados del principio y el medio del poema. El resultado es sublime: Balada para un loco. Ha sido interpretada desde Amelita Baltar (por entonces la mujer de Piazzolla) a Goyeneche con paradas en nuestro Minuto o Dulce Pontes, que cantó una versión portentosa.

Desde los años 60 Piazzolla eleva el bandoneón a la cumbre de lo clásico y se convierte en uno de los compositores más sobresalientes del siglo. Se mueve en pro de dar sustancia al tango nuevo, de arrollar con su categoría. Se sumerge en su esencia y se despliega a fin de que esa música adquiera resonancia universal.

Lo consigue con un disco categórico, Adiós Nonino. Cierto es que los puristas tachan a Piazzolla de irreverente. Ese fue su premio. Porque no se percataron de que, para alcanzar semejante cota, Piazzolla hubo de bajar hasta lo más profundo de la tradición y trabajar con los mejores, su maestro Aníbal Troilo. Desde esa posición Piazzolla asume el tango por lo que fue en sus inicios: solo música en grupos simples y en el que el bandoneón era el sustento. Pero faltaba la letra. Y para ello habría de encontrar a un poeta que diera pasos por delante de lo que el tango-canción fue. Lo encontró, Horacio Ferrer.

Ferrer es un doble como Piazzolla: sustancia y novedad. En Ferrer ocurre algo parecido a lo que ocurrió con Pascual Contursi, ese ser que tocaba la guitarra en tugurios de Montevideo y se le ocurrió la idea de añadir letra al tango Lita. Así nació el primer tango-canción moderno, Mi noche triste, del año 1916, que la voz de Gardel elevó hasta lo más supremo, después de su estreno en el sainete Los dientes del perro.

Horacio Arturo Ferrer Ezcurra, como Astor Pantaleón Piazzolla, están al tanto. Publicó más de una docena de libros sobre el tango, entre otros uno dedicado al gran Discépolo. Como Piazzola aprendió desde las raíces, y se expandió. Balada para un loco es una excepcional pieza de amor en la que la sensualidad se dilata. Lo admirable es que el uso del tema a lo largo del tiempo no se encuentra ahí. Se encuentra el fuego de la pasión en un loco, un chico de la calle, un desarrapado. Amor en su cumbre, como ocurre con sus fábulas existenciales (Balada para mi muerte) o las costumbristas (Chiquilín de Bachín), también musicadas por Piazzolla.

El de Montevideo, gritaban los puristas a coro. Y lo era; allí nació. Pero su madre era bonaerense y la casa familiar lo sedujo, Lavalle 1447. Hasta que encontró el hotel Alvear, en la Recoleta, donde el dandy del tango vivió por más de cuarenta años. Hasta que murió, el pasado día 21 de diciembre.