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Gustavo Dudamel – Por Luis Ortega

   

Recibo un envío musical con remite venezolano, con ilusión y grato retraso -porque prolonga el tránsito de los buenos deseos y los mejores propósitos que acarrean las canceladas pascuas- y con el marchamo de calidad que garantizan la Orquesta Simón Bolívar y Gustavo Dudamel (Barquisimeto, 1981), el director joven con mejor aprendizaje, recorrido y proyección internacional de América Latina. El remitente -compañero de profesión y político honesto en algún tiempo de la alternancia de Acción Democrática y Copei- “asfixiado por la falta de libertad, siquiera para hablar en voz alta”, escaldado de los duros costes pagados por su oposición al chavismo, “interpretado, para colmo, por un mediocre”, se exilió en la música que, “dentro de la tensión y el marasmo”, es una válvula de escape para la circulación de las emociones y, “a Dios gracias, aún no la incluyeron en la censura, acaso porque no la entienden ni la sienten”.

Bajo el sello discográfico de la Deutsche Grammophon, la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar grabó una selección de fragmentos musicales extraídos de las óperas wagnerianas que, en el otoño, se presentaron en un multitudinario y gratuito concierto en el auditorio caraqueño de Quebrada Honda. Además de cumplir un reto personal en el conocimiento y difusión de Richard Wagner -en 2013 estrenó Tannhauser en Bogotá con extraordinario éxito y ahora prepara la tetralogía El anillo del nibelungo- Dudamel cuajó una interpretación del romántico alemán valiente y poderosa, de incuestionable atractivo. Y, a la vez, dio una vuelta de tuerca al negocio discográfico al pactar, con distintos medios, las descargas gratuitas en alta definición a través de la Red en el propósito de “llevar la música a todos los públicos”. Curiosamente el regalo me llegó el día que El País anunció la extensión del privilegio a sus lectores hasta el próximo 22 de enero y me refrescó las vivencias en la Octava Isla con orquestas y coros de extraordinario nivel -en cuanto se nutren de una cantera de medio millón de niños y jóvenes- y que son, también, agentes de cohesión social y desarrollo humanístico. El Sistema Nacional, creado en 1975 por el visionario José Antonio Abreu, ha permitido el llamado “milagro venezolano” que se refleja, entre otros valores, en la existencia de una formación como la Simón Bolívar, de gran reputación internacional, y de un director titular que reparte su tiempo con la Filarmónica de Los Angeles, pero que reserva los desafíos que exigen pasión y constancia para su gente y su tierra.