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Hasta que llegó ella – Por Arun Chulani

   

Ojos verdes brillantes, tez clara en contraste. Solía caminar decidida, paso firme y ajena a lo que podía suceder a su alrededor, con objetivos claros e ideas fijas. Mirada al frente y al compás de la música del ambiente, sus andares traían consigo aires embriagadores para aquel que pasase por su lado y, como ella, viviera aislado en su mundo. Sonriente, se comía el mundo sin apenas esfuerzo, teniendo como arma su implacable actitud vivaz y sus cualidades llamativas. Hasta que llegó él.

Ojos verdes preciosos, tez radiante… eran hermosos. Caminaba en paralelo, con la mano entrelazada a su semejante, su media naranja y, en ocasiones, medio limón. La mirada no alcanzaba ningún horizonte en el que no se encontrara él, al igual que el aroma de su ambiente tenía por firma la fragancia varonil de aquel que se dejaba conocer como su compañero de viajes.
Daba igual el destino que allí iba ella, tras de él, abriendo puertas que aún no había cotilleado y encontrando caminos que jamás había descubierto. Tras de él. Y no se encontraba en un segundo plano en ese momento. No. Hasta que llegó él.

Ojos verdes vidriosos, tez clara y sollozos. Ojos tristes tras llegar él, el tropezón esperado que traía consigo distancias, metros y kilómetros de separación poco alcanzables para sus pasos. La distancia y, en consecuencia, la petición del espacio y el tiempo. Pasó de decisiones a dudas, de pasos firmes a temblores continuos y tradujo su dulce inconsciencia e inocencia en una dependencia social extrema.

En su vida ya no existían los objetivos: existía él como único objetivo. Su mirada, perdida, visitaba el cajón de sus recuerdos constantemente, mientras las canciones melancólicas rememoraban instantes que debían quedar en el olvido. Sus andares recorrían lo recóndito del lugar, sin gente cerca que la observase. En ocasiones, ni recorría: se lamentaba entre las paredes de su cuarto. Actitud inerte, cualidades a oscuras. Hasta que llegó ella.

Ojos verdes brillantes, tez clara en contraste. Volvía a sonreír tras ser obligada a caminar por un sendero que debió emprender sin golpes. Volvía a ser ella misma, cambiada y a prueba de golpes, dejando de llorar por su pasado para olvidar el futuro que imaginó. Comiéndose el mundo a bocados.
Sin esperar que llegase él.