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Henri Matisse – Por Luis Ortega

   

Con empacho de la actualidad política de la Villa y Corte y ante el paisaje en marcha desde la ventana del Ave, leo la noticia de la detención de tres estafadores que colaron en los circuitos comerciales falsos óleos, dibujos y grabados de Henri Matisse (1869-1954), figura central del arte contemporáneo, y de Pablo Picasso y Joan Miró, que mantienen aún la mayor cotización en las subastas internacionales. Según una revista especializada, la llamada Operación Mirones se montó el pasado verano, cuando en el puesto fronterizo de Farga de Moles, agentes de guardia descubrieron en el interior del coche de un residente en Andorra, una docena de trabajos firmados en apariencia por estos autores y documentos que, supuestamente, avalaban su autenticidad. La vigilancia del sospechoso y -los informes de peritos nacionales y franceses- llevó al resto de la banda, con un cómplice en Tarragona que guardaba las falsificaciones a la espera de compradores, y un galerista de Zaragoza que se ocupaba de las ventas, en gran parte a ciudadanos europeos y cifradas, según las últimas estimaciones, en cientos de miles de euros. La detención de estos individuos y la localización de los clientes y las obras fraudulentas sirvió para revelar la eficacia del Grupo de Patrimonio Histórico de la Guardia Civil que, en los últimos años, practicó numerosas detenciones, recuperó notables piezas de colecciones públicas y privadas y, como en este caso, desarticuló redes de pícaros que campaban a sus anchas en el sur de Europa.

Las imitaciones del creador del fauvismo fueron las primeras pruebas del engaño, porque mostraban titubeos en los dibujos y arrepentimientos en las manchas, impropias de un maestro cuya seguridad en la línea y sabiduría en el color adquirió después de ejercer varios años como copista en el Louvre. Cuando las vistas de Andalucía se suceden a más de doscientos kilómetros por hora, los olivares nos recuerdan una joya inolvidable, cedida en depósito por Carmen Cervera, al Museo Thyssen-Bornemisza y que completa con una composición de corte galante la parca representación del genio francés en esta pinacoteca. La intimidad de la escena, la romántica gravedad del paisaje que respalda a las dos figuras femeninas, y la atmósfera que transpiran los olivos a cuya sombra ocurre la conversación, resumen tanta maestría que cualquier imitación es una empresa inútil, un empeño vano de ignorantes y de soberbios y destinado, no podía ser de otra manera, a la abundante y peligrosa estulticia adinerada.