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Humor y muerte – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

La terrible noticia de esta semana, una noticia de una actualidad social, política y económica que cada vez se vuelve más implacable, no tiene que ver con la corrupción sino con la matanza perpetrada en la sede parisina del semanario satírico francés Charlie Hebdo. Se trata de una publicación de orientación libertaria que en los últimos años se ha caracterizado por publicar chistes y caricaturas irreverentes sobre Mahoma y el denominado islamismo radical, pero también sobre el cristianismo, los cristianos y el Papa, y otros variados asuntos considerados sensibles. Dos asesinos han abierto fuego de forma indiscriminada contra la redacción con gritos de “vengamos al Profeta” y “Dios es grande” en árabe. El director de la publicación, Stéphane Charbonnier, tres dibujantes, Cabú, Wolinski y Tignous, y el economista y accionista Bernard Maris, están entre los doce muertos en el ataque, junto a dos policías, uno de ellos asesinado a quemarropa en la calle. En resumen, dos policías, ocho trabajadores de la revista, un invitado y un oficial de mantenimiento fueron las personas abatidas a tiros por los yihadistas. Además, a la hora en que escribimos este artículo hay once heridos más, cuatro de ellos en estado crítico. Y otra policía ha muerto tiroteada en otro atentado islamista radical al sur de París. Es evidente que el atentado constituye un ataque gravísimo a la libertad de expresión, una de las bases fundamentales de toda democracia digna de ese nombre. Se equivocan totalmente los que estos días han hablado de provocación. Porque, aunque hubiera existido, es obvio que nada, absolutamente nada, justifica ni de lejos un hecho de esta naturaleza. Cuando en una democracia, por cualquier motivo, se traspasan las fronteras de esa libertad, son los tribunales de Justicia los únicos legitimados para dilucidar la cuestión.

Los cristianos y las iglesias cristianas, y no solo los católicos, saben mucho de eso, porque, tanto en España como en el extranjero, han tenido que soportar pasivamente en innumerables ocasiones ataques, burlas y parodias sangrientas sobre las creencias y los símbolos fundamentales de su religión. Y no solo en publicaciones periódicas, sino en obras de teatro y espectáculos varios, en donde se ha ofendido gravemente a esas creencias y esos símbolos. Por citar un caso, Me cago en Dios es el título ofensivo y provocador de una obra del español Íñigo Ramírez de Haro, cuñado de Esperanza Aguirre, que se estrenó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2004. Una representación tuvo que ser suspendida nada más empezar porque dos jóvenes que estaban entre el público saltaron al escenario, agredieron al actor de la obra, Fernando Incera, y destrozaron los equipos de música de la sala. Durante su ataque, los dos agresores gritaban “¡Viva Cristo Rey!” y llamaban “blasfemo” al actor. Y fueron detenidos y denunciados en medio de la repulsa generalizada por su comportamiento. Grupos cristianos, liderados por el Centro Jurídico Tomas Moro, interpusieron casi tres mil denuncias y una querella en contra del autor, querella que el juez archivó en nombre de la libertad de expresión. La obra se ha representado también en Portugal, Francia y México, y en 2011 en Nueva York, si bien las leyes norteamericanas no permitieron el uso de su título original. No olvidemos que el lema nacional de los Estados Unidos, que figura en su escudo, es: In God We Trust, es decir, “Confiamos en Dios”.

Charlie Hebdo ha sido objeto de diferentes críticas y ataques procedentes del mundo islamista radical. Todo comenzó en 2006, cuando publicó unas caricaturas de Mahoma en un número especial que registró récord de ventas. Fue una edición de once páginas de caricaturas de Mahoma firmadas por el dibujante Kurt Westergaard, que ya habían suscitado una enorme controversia -el propio autor estuvo a punto de ser asesinado por un fanático- cuando fueron difundidas en septiembre de 2005 por el diario danés Jyllands-Poste. Entonces, la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia demandó a la revista por un presunto delito de “injurias públicas contra un grupo de personas en razón de su religión”. Años después, en 2011, su sede fue atacada con un cóctel molotov tras la publicación de un monográfico sobre las elecciones en Túnez. Y en septiembre de 2012 Charlie Hebdo publicaba nuevas viñetas dedicadas al profeta Mahoma.

No obstante, como decíamos, sin dar nunca un paso atrás, pese a las amenazas y hasta a los ataques físicos, el semanario satírico galo no solo se convirtió en referente de la denuncia del fanatismo islamista. En sus críticas irreverentes incluyó al cristianismo, los cristianos y el Papa, y otros variados asuntos considerados sensibles. Y fue el azote de movimientos de ultraderecha como el Frente Nacional. Su director, Stéphane Charbonnier, que ha fallecido en el atentado, había sintetizado en una máxima el espíritu de una cabecera que no cedió a presiones externas ni tampoco a la autocensura: “El humor o la muerte”. Y haciendo crítica social y política con humor encontró la muerte.

Hoy no procede el humor, procede reivindicar su memoria y la de los demás asesinados. Y celebrar que el semanario ya anuncie su próximo número y, con él, anuncie la democracia y la libertad.