X
Nombre y apellido >

Isabella Pezzini – Por Luis Ortega

   

Pese al atractivo título y al aval de sus firmantes (el gran Umberto Eco e Isabella Pezzini, catedrática de Sociosemiótica y Semiótica de la Cultura de las universidades de Bolonia y de la Sapienza de Roma) aplacé su lectura desde el Día de Reyes y, cuando la afronté, casualmente, había realizado media docena de visitas que reforzaban las rotundas conclusiones de El Museo (Casimiro libros, 2014). Frente a la pulsión enciclopedista que mueve la creación y organización de estas instalaciones, los autores hicieron argumento y carne de oposiciones radicales que tratan los museos como panteones fríos y suntuosos, almacenes de objetos que sólo sirven a los orgullos nacionales o particulares de sus creadores y mecenas. Mentan la excelsa calidad de las obras que se ganan el adjetivo, y la condena, de museísticas y denuncian, al respecto, la falta de contextualización de los contenidos, la ociosidad de elementos complementarios a una singularidad justificada en sí misma. Como tantos espectadores comunes y observadores instruidos, sin detenerse en cualidades y calidades, rebaten las agrupaciones comunes por autorías, escuelas, estilos, géneros, países, épocas…

El texto nos lleva a aseveraciones que tienen tanta antigüedad como las entidades que critican y, con matizaciones, se podría ubicar también bajo el frontispicio de una frase incendiaria del muralista mexicano David Alfaro Xiqueiros: “Vamos a sacar la pintura y escultura de los museos -cementerios- y de las manos privadas para hacer de ellas elementos de máximo servicio público y un bien colectivo útil para la cultura de las masas populares”. Frente a los enciclopedistas, Eco y Pezzini se inclinan por los museos temáticos e, incluso, los monográficos, espacios pensados, y habilitados, para una sola creación, sin justificaciones ni accesorios, sin nada que distraiga de la contemplación y el goce exclusivo de la pieza única; Las meninas, sin público, sin bultos ni respiraciones como un día, por azar laboral, contemplé y disfruté. En paralelo con los que cubren cometidos permanentes y de utilidad social en cuanto a “la investigación, conservación y exhibición”, tendríamos que reclamar centros capaces de contener los objetos que tienen mayor vitalidad para el hombre y que éste aún no considera como arte y, también, aquellos dedicados a una obra, una sola obra, que resuma toda la inspiración, todo el talento, toda la habilidad, todo el amor, todos los valores que están en la entraña del tiempo y por encima de su medida.