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La Isla Baja, crisis social y territorial – Por Wladimiro Rodríguez Brito

   

Recientemente, algunos medios de comunicación se han hecho eco de la pérdida de población de la Isla Baja, algo que también ocurre por desgracia en muchas poblaciones rurales en toda Canarias. Hablar del valle de El Palmar, de la Tierra del Trigo, del Llano Martín, de los Partidos de Franquis, de San José de los Llanos, etcétera, es hablar de buenas tierras de cultivo que permiten su mecanización.

La Isla Baja no es un área marginal, árida y poco productiva. Al contrario, hablamos de terrenos fértiles, con el 25% de las plataneras de Tenerife en su zona costera y unas medianías entre Cerro Gordo y Teno Alto de clima húmedo, con suelos fértiles y topografía irregular, salpicado con algunos malpaíses.

En el Valle del Palmar, don Domingo Romero cuenta que en la década de los 50 se sembraban más de 1.000 hectáreas de trigo, con rotación a tres hojas. Las papas, las legumbres, el alcacer, los chochos, garbanzos, chícharos y los manchones completaban esta rica comarca. Recuerda el marchante Antonio Mesa que más de 1.000 vacunos y otras ganaderías se encontraban en este valle; el que fuera veterinario de la Isla Baja, Pedro López Sumer, situaba en esta comarca unas 4.600 vacas de la raza basta. En estos momentos quedan una vaca y el becerro de don Cornelio en Las Portelas y en todo el Valle de El Palmar.

Otro campo es posible. No se trata de volver al duro mundo rural del pasado, las condiciones de la vida rural actual son radicalmente diferentes. Las infraestructuras y las comunicaciones han dado un vuelco en todos los caseríos, donde no hace tanto no había ni agua potable ni electricidad. Gran parte de las labores agrarias son mecanizables actualmente, y puede contar con sistemas de regadíos complementarios al cultivo de secano.

Necesitamos reactivar nuestros pueblos y caseríos, dotar de estabilidad social nuestro campo.

Para ello tenemos que lograr una comercialización justa de los productos del campo, así como un marco legal cercano al suelo, que respete y armonice los usos agrícolas y ganaderos tradicionales con el medio ambiente. No se entiende que una tabaiba o un verode dominen totalmente sobre los agricultores.

Se ha llegado al caso de que en Ruigómez una granja ganadera lleva 8 años sin poder legalizarse. En muchos casos nuestros jóvenes intentan volver a las actividades de sus abuelos y se encuentran con barreras legales totalmente inflexibles, o barreras comerciales para vender las producciones locales que no encuentran salida.

El REA y la entrada de productos cárnicos y lácteos sin arancel alguno de terceros países son la mayor discriminación que sufre el campo canario.

En Canarias pueden entrar anualmente 70 millones de kilos de carne con arancel cero, cuando la aplicación del arancel correspondiente significaría más de 80 millones de euros. Nuestro sector ganadero se encuentra bajo mínimos al ser Canarias un vertedero de excedentes de diversas partes del mundo.
A ello se suma la actitud de las grandes superficies, que apenas compran productos de la tierra. A las producciones locales les quedan solo los pequeños huecos de un comercio marginal que, en muchos casos, se reduce a mercadillos y otros salidas muy limitadas.

Estamos en la obligación de buscar alternativas para nuestro campo. Aquí y ahora se pueden generar muchos puestos de trabajo, pero también una gestión ambiental que elimine gran parte del combustible de los incendios forestales. Los matorrales de zarzas, helecheras, hinojos, tojo, etcétera, que cubren gran parte de las miles de hectáreas de las medianías del Noroeste de Tenerife son un enorme riesgo de incendio.

El fuego se puede propagar en verano por las zonas pobladas en las tierras antaño cultivadas hoy carentes de ganadería y agricultura.

La sostenibilidad social y ambiental son aspectos de una misma solución. La incorporación de jóvenes al mundo rural puede generar más estabilidad para el presente y futuro de esta tierra.

El medio ambiente no puede continuar separado de la actividad de los agricultores y ganaderos, marginando toda actividad de nuestros campesinos en el uso y manejo de las tierras que a lo largo de más de 500 años la han gestionado. Como bien dice Pedro Molina, la conservación de la naturaleza solo es posible contando con los paisanos.

*DOCTOR EN HISTORIA POR LA ULL
wladimirorodiguezbrito.blogspot.com.es