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Juan Carlos Sánchez – Por Luis Ortega

   

Cubano por nacimiento y canario por insistencia, frente a quienes ocultan influjos y débitos, Juan Carlos Sánchez se siente y califica como un pintor literario; un creador que se vale de la técnica y materia para formular mensajes que exceden la plástica, para sugerir historias que desbordan los valores formales, para comunicar ideas que, sin presión doctrinal, revelan al espectador posiciones y estados de ánimo para la coincidencia y/o la disidencia, para primar emociones de todo signo desde su argumentario de vivencias y fabulaciones, de hechos y recuerdos que él llama cuentos. Esa es la intención en su estética astuta que concilia los sistemas narrativos y busca las similitudes de sus códigos. Bajo el título Y que fue de lo mío, Sánchez dispone un repertorio de sátiras feroces o humoradas, denuncias y discursos sobre la rigidez del absurdo -por ejemplo: su propia situación personal en un limbo administrativo sin respuesta a sus demandas de nacionalización durante una década- y acude a claves expresionistas y surrealistas, y a otras por bautizar, tratadas con sabia versatilidad, que van de las amplias manchas al hiperrealismo, de la sugestión cromática al detallismo de espacios difusos, urbanos o domésticos donde el hombre, en multiplicaciones liliputienses que evocan al Genovés de la mejor época, muestra la inútil suma, la severa inconclusión, la rotunda soledad, ya sea en un horizonte sin geografía o en el puente a ningún sitio, ya sobre la silla olvidada, el mueble arrumbado o la colcha común de una cama de hierro. En la misma dirección, conciliados en agrupaciones y danzas comunes, los arlequines tristes sugieren la inutilidad de los esfuerzos ante la radicalidad del destino impuesto, frente a la que sólo cabe oponer el recurso último de la ironía.

Por el tránsito entre lo grande y lo pequeño, los angulares del gigante y el enano por la medida filiación al carácter pedagógico de la fábula de Jonathan Swift -Los viajes de Gulliver, 1726- la redonda exposición con la que María Díaz Puga y Arte Galería saludaron al nuevo año, nos enfrenta a un pintor que, despreocupado de los prejuicios que historiadores y críticos impusieron, e imponen, no le hace ascos a una vieja función del arte plástico como es la promiscua intromisión en ámbitos paralelos -la literatura, en tanto confesión personal es el más próximo- para aspirar a metas ambiciosas y lejanas porque, como expresó Marangoni, “no es cuestión de conformarse con la mera representación de la realidad”, ni siquiera con la invención, cuando tenemos tanto por decir y, quizás, por enseñar.