X
luces y sombras >

Libertad de expresión – Por Pedro H. Murillo

   

Lo confieso. Nunca me han gustado los carnavales. Respeto a los que consideran una manera de sublime disfrute el agarrarse una borrachera entre incomodidades multitudinarias. Soy lo que sería un soso. Sin embargo, la actualidad obliga. Se ha levantado una polvareda considerable en relación a la divulgación de una de las letras de la murga decana del Carnaval chicharrero, la NiFú-NiFá, en donde se ridiculizaba a los homosexuales. La rápida y creo que correcta reacción del responsable de la Sociedad de Desarrollo, Florentino Guzmán, ha llevado las aguas a su cauce y la murga ha decidido la retirada de la letra ante la avalancha de indignación de numerosos colectivos sociales. Este incidente coincide con un debate que está en boga: el de la libertad de expresión y sus límites. Ciertamente, no es una discusión novedosa sino secular que enfrenta a los partidarios de una libertad absoluta y a los que reconocen que es necesario ciertos límites. En las líneas rojas es donde se encuentra el núcleo del debate. ¿Es lícito que todo sea objeto de sátira?, ¿podemos hacer humor de las religiones?, ¿del holocausto? La historia de Occidente es un largo y tortuoso camino de lucha por la libertad y en ese fenómeno obtenemos la respuesta. Dejando a un lado la mera categorización estética -en el caso de las murgas confieso que no puedo aguantar más de una canción-, el límite lo establece la propia ley.  

Por ello es ético que no moral, realizar caricaturas de Mahoma o de Cristo siempre y cuando no se conculque el derecho a la libertad religiosa. De ahí que las viñetas de Charlie Hebdo son absolutamente lícitas. En el caso de Occidente -lamentablemente en las sociedades islámicas aún se trata de un debate incipiente- ese camino quedó claro mediante la irrupción de la Ilustración en el siglo XVIII y la progresiva secularización que determinó la separación del Estado y la Iglesia. En el caso de los contenidos homófobos y machistas, la igualdad y el respeto ha llegado tarde al espíritu y letra de las leyes. Hace 40 años, cuando las fiestas de invierno estaban prohibidas precisamente en un país en donde la separación entre religión y Estado simplemente no existía, el recurso de la mofa al homosexual o lesbiana era habitual en el humor. Sin embargo, en pleno siglo XXI que una murga, por muy decana que sea recurra al insulto homófobo no tiene cabida desde el momento que en la propia Constitución se refiere que todos los ciudadanos son iguales y no se discriminarán por razón de religión, procedencia o sexo. Es por tanto, la ley que se basa en el consenso democrático de lo que es ético y no lo es, en los derechos humanos y lo que consideramos socialmente aceptable bajo la luz de la razón, la que establece las líneas rojas entre la intolerancia y la democracia.