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Libertad – Por Saray Encinoso

   

“Los diez alimentos que te ayudarán a adelgazar”. “Los cigarrillos electrónicos son más dañinos que los normales”. Los estudios científicos de dudosa credibilidad han inundado internet. Cada vez es más sencillo encontrar algún titular que pone a prueba la ingenuidad humana o contradice cualquier certeza que hayamos recabado a lo largo de los años (“el chocolate adelgaza”). La ciencia es perecedera en el mejor de los sentidos: establece axiomas, pero siempre está dispuesta a que el avance de la razón los refute. Por eso, cuando una afirmación tajante aparece ante nosotros, sólo hay dos opciones: someter la sentencia al método científico -hipótesis, prueba y resultado- o comprobar la fiabilidad de la fuente.

En el argot periodístico, esa necesidad de contrastar los hechos tiene un nombre: fact checking. Proviene del periodismo anglosajón y en España se practica poco, pero es un ejercicio que en tiempos de sobreinformación no es solo un deber profesional: es una responsabilidad ciudadana si se quiere tener capacidad crítica; si se pretende, como muchos dicen, ser libre. Los plumillas salimos poco de las redacciones y no nos molestamos lo que debiéramos en analizar si un informe merece ser publicado; ya no existen, además, los periodistas que tienen como única misión comprobar que lo que van a publicar otros es cierto. Esa dejadez -motivada, en parte, por la precariedad- deteriora la libertad de información. Pero también lo hace -y mucho- la fe ciega que manifestamos cada vez que divulgamos una información por el mero hecho de que encaja en nuestro perfil ideológico. La libertad, a secas, sirve de poco si no viene acompañada de libertad de pensamiento. Es curioso, lo único que puede escapar a la dominación de cualquier dictadura es la mente. Sin embargo, en democracias en las que hay más información que nunca al alcance de cualquiera, muchos abandonan esa capacidad crítica. Y los periódicos ya ni siquiera sirven como hoja parroquial. Las nuevas tecnologías permiten que cada cual elabore su propio mejunje ideológico -que hay muchos- y asienta al leer todas las informaciones que encuentre: por muy disparatadas que sean, por mucho sesgo que lleven o por mucho que el titular que las anuncie esté tan recortado como para ser descabellado. A los medios les hace falta otra vida para analizar sus errores, pero la libertad de información empieza por uno mismo, no en los medios.