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Lo que Dios no perdona – Por Julia Navarro

   

Es difícil sacudirse la conmoción ante el que ha sido uno de los ataques más brutales y sanguinarios contra la libertad de expresión. Al grito de “Alá es grande” dos hombres acabaron con la vida de doce personas, cuatro de ellos seguramente los mejores dibujantes satíricos de Francia que trabajaban en el semanario Charlie Hebdo. Los nombres de Jean Cuber, Georgue Wolinski, Bernard Tisnokis y Charb han entrado en la triste página de la historia de quienes han muerto en defensa de la libertad de expresión. Hombres libres que no se amilanaron nunca ante las amenazas de quienes querían coartar su libertad, que no dejaron de dibujar, de escribir, de editar sus historias aún sabiendo que estaban en el punto de mira de los fanáticos islamistas.

Porque de eso se trata. El ataque de los terroristas islamistas a la sede del semanario satírico Charlie Hebdo es un ataque contra aquellos que ejercen ese derecho irrenunciable que es el de la libertad de expresión. Sin libertad de expresión no hay democracia, no hay personas ni ciudadanos ni países libres. Y hay periodistas que sabiendo esto defienden este derecho aún a costa de su vida, como lo han hecho los que han muerto en la sede de Charlie Hebdo. O como otros periodistas fueron hechos prisioneros en Siria, Libia u otros lugares donde habían acudido a informar de lo que allí sucede y al final han sido decapitados a sangre fría por los terroristas del Estado Islámico. Aun así, los asesinos no conseguirán nunca su propósito porque siempre habrá otro periodista que ocupe el lugar del compañero asesinado para seguir informando y hacer llegar a los ciudadanos una información veraz de lo que sucede en cualquier rincón del mundo.

El asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo supone un salto adelante por parte de los fanáticos que han declarado la guerra a Occidente. Porque de eso se trata. Es una guerra abierta cuya trinchera no está ya en las calles de las ciudades de Oriente sino que los fanáticos del Estado Islámico y de Al Quaeda han trasladado a nuestras ciudades, ante la puerta de nuestras casas. Los fanáticos abominan de la libertad de expresión. No pueden convivir con ningún tipo de libertad y mucho menos con la libertad de las palabras y de las ideas expresadas en los medios de comunicación.

En nuestro mundo, en Occidente, cualquier jefe de gobierno, cualquier poderoso, incluso el papa puede ser objeto de las criticas satíricas más crueles por parte de caricaturistas o dibujantes. Y no pasa nada, claro está. Pero los fanáticos islamistas no toleran la mínima crítica, la menor alusión a lo que representa la esencia de su religión. Y responden matando, asesinando a sangre fría. Siempre he pensado que ningún Dios puede amparar a quienes matan en su nombre, que no hay mayor pecado que matar en nombre de Dios, de Yavhe o de Alá, o de cualquier otra manera con se quiera llamar a cualquier dios.

El crimen de París provoca un estremecimiento profundo, deja una sensación de impotencia porque es difícil luchar contra la sinrazón. Francia está en estado de alerta y en España nuestro Gobierno ha hecho otro tanto de lo mismo, al igual que en el resto de Europa. Ya sé que no es un consuelo, pero de las pocas certezas que tengo en la vida es que el único pecado que ningún Dios puede perdonar es que se mate en su nombre. Y hago mía esa frase de Vaclav Havel, recordada por los principales periódicos europeos en un editorial conjunto, “nosotros no somos como ellos” y precisamente por eso los periodistas seguiremos informando, dibujando, hablando, haciendo en definitiva uso de ese bien irrenunciable que es la libertad.