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Marcas – Por Francisco Pomares

   

La crisis que arrastra desde hace años el sistema político español tiene que ver con muchas cosas, probablemente las más evidentes sean la creciente incapacidad de los partidos para resolver los problemas de los ciudadanos y la percepción social de que la política se ha convertido básicamente en un sistema para resolverle la vida (y muy bien) a quienes se dedican profesionalmente a ella. El rechazo a la corrupción en los partidos e instituciones públicas, con la que la sociedad fue tolerante en los años previos a la crisis, es hoy una de las manifestaciones de un cambio de percepción de la ciudadanía sobre el funcionamiento cotidiano de la política.

Otra crítica es la de falta de transparencia y democracia interna en los partidos, que ni alientan ni favorecen la participación. Es algo que no preocupa demasiado al votante de derechas, que acepta que esas decisiones son competencia de los que mandan. Pero en la izquierda sí preocupan: el fenómeno Podemos tiene bastante que ver con el espejismo de participación en las decisiones importantes que permite el uso de las redes sociales. Sin embargo, está aún por ver que las redes sean la panacea que prometen ser. Porque la gente quiere más democracia interna en los partidos, pero más democracia sólo no resuelve los problemas. El PSOE, por ejemplo, ha extremado hasta el absurdo sus mecanismos de selección política de dirigentes y candidatos, con primarias abiertas que debilitan la cohesión del partido y no resuelven los verdaderos problemas de liderazgo, ni incorporan al proceso de selección el necesario equilibrio entre el poder real en el partido y el poder emergente, casi siempre basado en la imagen personal y no en los proyectos o programas -indistinguibles entre unos y otros candidatos-, o en la existencia de equipos que los respalden. Es por eso por lo que candidatos que ganan las primarias se las ven y desean luego para obtener el reconocimiento interno de su liderazgo. Le ocurre a Patricia Hernández y también a Pedro Sánchez.

Al final, el sistema contagia a los ciudadanos, que perciben la política cada vez más como una decisión personal e íntima, cuyo sentido es elegir entre distintas imágenes personales de dirigentes, líderes y candidatos. La competencia entre partidos se convierte en una mera competencia de marcas, de eslóganes y de imágenes, no de proyectos o ideologías. La política se trivializa, se convierte en puro imaginario, el compromiso militante desaparece y el desencanto de los electores llega cuando el recién llegado pasa de moda.