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Máximo San Juan – Por Luis Ortega

   

El Día de los Santos Inocentes, y con la misma discreción con la que vivió, el burgalés Máximo San Juan Arranz (1932-2014) abandonó el puto mundo al que, durante medio siglo, dedicó sus reflexiones y finas críticas, su acidez y elegante mordacidad y tristeza, su melancolía y rara ternura. Una parada cardiorrespiratoria, comunicada en una escueta nota familiar, cerró su dignísima carrera de fondo, desde los medios del régimen hasta aquellos que alentaron la restauración de la democracia después de cuatro décadas; demostró, sin alharacas, su compromiso ético, para posicionarse en cuestiones sensibles de economía y política exterior y para denunciar los excesos y vicios como fuentes de sospecha y desafecto. Su admirador y amigo Forges lo unió a Chumy Chúmez y Mingote en un trío admirable que, “desde la universidad de La Codorniz”, despertó la vocación de muchos seguidores y destacó como sus principales aportaciones al humor gráfico, “su insobornable rigor intelectual y sus nuevas formas y sintéticas expresiones técnicas”.

Inicialmente trabajó de locutor y jefe de programas de la Cadena Azul y desde 1962 emprendió su aventura personal como dibujante vinculado a diarios y revistas como Arriba, Juventud, Don José, Pueblo, La Codorniz, Mundo, El Correo Catalán, Por favor, El País -donde tuvo su más larga permanencia, de mayo de 1976 a octubre de 2007- y ABC, donde acabó su carrera. Expuso sus viñetas y tiras con regularidad en museos e instituciones y consiguió los premios periodísticos González Ruano, Rodríguez Santamaría, Gato Perich y el iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos. Asimismo publicó los libros Historias Impávidas, Este país, Carta abierta a la censura, Diario Apócrifo, Animales políticos, No a la OTAN y otros incordios, Hipótesis y El poder y viceversa. Renovó el humor de la prensa periódica, acaso porque siempre lo entendió como “un género literario que, accidentalmente, se apoya en la imagen” y que, en cualquier caso, debe provocar, más allá de la sonrisa, nuestra consideración y examen y, con toda propiedad, “sobrevivir al día a día”. Calificadas como elípticas y elitistas, elevadas y amargas, las tiras de Máximo significaron un análisis profundo de lo cotidiano y su trastienda y sus tipos, de Dios para abajo, unos códigos estéticos grabados por la fuerza de la razón en nuestra memoria común.