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Miedos – Por José David Santos

   

La certeza de que padecemos miedo es, a veces, una sensación más asfixiante que el propio temor a eso que nos inquieta. La masacre de París se une a tantos otros momentos en los que el terror nos ha inoculado el virus del miedo. En España la salvaje actividad de ETA durante décadas fue causante de que el miedo fuera habitual en el País Vasco y, sobre todo, que prácticamente dos generaciones de españoles crecieran con la sensación agria de tenerle miedo a los terroristas. Los atentados del 11-M en Madrid también nos hicieron tambalear al ser conscientes, si no lo éramos ya, de que la fatalidad y el horror del asesinato no tiene argumentos, no posee justificaciones. Pues ese miedo que ahora, de nuevo, porque lo vemos por televisión y “le puede pasar a cualquiera”, nos sorprende y escandaliza es la cotidianidad de miles de seres humanos en lugares como Yemen, Afganistán, Irak, Siria, Nigeria… Precisamente en este último país hace un par de días un niña de 10 años entró en un mercado con explosivos adheridos a su cuerpo -se cree que ella lo desconocía-, la bomba-humana-infantil fue activada y provocó la muerte de otras 20 personas. Y ni una manifestación. Y da pavor que no nos dé miedo.